24 de set. 2017

XXVII Festival Internacional de Blues



Cerdanyola esdevingué Blues


La Biblioteca acollirà una mostra retrospectiva de la història del Festival Internacional Blues de Cerdanyola.

En la mostra “I Cerdanyola esdevingué Blues”, organitzada per la Comissió del Festival de Blues i la Biblioteca Central, es podran veure fotografies de totes les edicions del festival, samarretes, cartells, xapes, entrades d’espectacles, publicitat antiga i d'altres materials que durant aquests anys han anat generant el Festival de Blues.

Dates de  l’exposició : del 25 de setembre al 8 d'octubre
Plantes 0 i +2  de la Biblioteca

Per les mateixes dates, del 25 de setembre al 8 d’octubre., la Biblioteca, una de les poques biblioteques especialitzades en blues, ha realitzat una selecció de discos i llibres amb els quals poder aprofundir en el gènere, Temps de blues.


Del 2 al 6 d’octubre, la Biblioteca oferirà música en directe cada tarda  i el  7  d’octubre, a les 12 hores els més petits gaudiran de  Bam!!! Kids: blues african musical, un espectacle adreçat a la canalla amb una bona dosi de sons exòtics.

tast de cuina


La Mostra de Cuina que es celebrava per de la Festa Major del Roser de Maig s’ha convertit, a partir d’aquest any,  en un Tast de Cuina Mediterrània.

El divendres 29 i el dissabte 30 de setembre, els participants en el Tast oferiran les seves creacions culinàries de les 20.00 a les 23.00 hores. El diumenge, 1 d’octubre, el format serà el  tradicional vermut, en aquest cas, sis bars de la ciutat oferiran el seu repertori de tapes.

Al coincidir amb el Festival Internacional de Blues, la nit del dissabte el tast comptarà amb música en directe de la ma de Bone Jam y The Dry River Stompers. Durant el vermut del diumenge la música serà de The Kissing Bandit y Wax & Boogie Rhythm Combo.

Restauradors participants  divendres i dissabte:  Abetos,  Alaska,  Al Tapeo,  Ca l'Enric, Cal Pepito,  Cap i Cua,  Cinamon,  El Racó,  Malagrapa,  Oddvar,  Tartat Tartar,  Viejo Roble i Santa Mònica.


Bars que oferiran el vermut: Ca l'Enric, Cal Pinxo, El Solidari, La Guindilla, Tempo Di Vino i Antiga Teteria.

22 de set. 2017

el muchacho que escribía poesía


por Yukio Mishima

“Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: “Una semana: Antología”.  Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra “poemas” en la primera página. Abajo, escribió en inglés: “12th. 18th: May, 1940”.

Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. “La algarabía es por mis 15 años”. Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir “es posible”, tenía que decir siempre “sí”.
Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.

Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.

Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.

Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.

Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen, si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo, se aburría al instante y dejaba de mirarlo. Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: “No hay poesía en eso”.

Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza. Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior…

Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.

Sin la menor emoción usaba palabras como “súplica”, “maldición” y “desdén”. El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el “Diccionario de la literatura mundial”: En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.

Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.

Le gustaba el soneto de Wilde, “La tumba de Keats”: “Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires”. Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada. La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su propio genio.

Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente: que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satisfactoria de matarlo.

La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio.

En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. “Ya sabes de qué se trata”, le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.

El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas muertas del “hibachi”. Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo “siéntese”, cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo:

-Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?

-¿Quiere decir Schiller?

-Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe.

El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. “No me gusta Goethe. Es un viejo.  Schiller es joven.  Me gusta más”.

El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.

R era hijo de un Par. Se daba aires de un Villiers de l’Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió envidia.

Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi todas las mañanas llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.

El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.

Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía que no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse, le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él.

¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos y fea para otros, estaba todavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.

El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?

¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra “genio”, y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo “genio” y no carencia.

No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.

Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.

Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los “Juegos de la Liga”. Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. Él nunca lloraba. Ni se sentía triste. “¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?” Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas. El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía. Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.

No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? Él tenía su propia y arbitraria definición: “Las palabras”.

No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto, disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que sólo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.

El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la “humillación”, la “agonía”, la “desesperanza”, la “execración”, la “alegría del amor”, la “pena del desamor”.

Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: “Eso es dolor, es algo que conozco”.

Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo:

-Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos.

Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oír ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.

El cuarto estaba vacío. Con el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.

Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar.

-Anoche vi un sueño en colores.

(El muchacho se imaginaba que los sueños en colores eran prerrogativa de los poetas).

-Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo. Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más… Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud? ¿Qué querría decir?

R no parecía muy interesado. Estaba distinto que siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba.

El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz.

Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado. El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo:

-La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo.

-¿De qué?

-La verdad es… -R vaciló primero pero luego escupió las palabras-. Sufro. Me ha pasado algo terrible.

-¿Estás enamorado? -preguntó fríamente el muchacho.

-Sí.

R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. “He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos”. No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.

La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren. Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.

Por fin halló unas palabras de consuelo.

-Es terrible. Pero estoy seguro que de ello saldrá un buen poema.

R respondió débilmente:

-Este no es momento para la poesía.

-¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?

La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho. Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.

-Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía.

Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.

-Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como este?

-Goethe escribió el Werther -respondió R- y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podrían salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio.

-Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio es la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?

-Porque era un genio.

-Entonces…

El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pero ni él mismo la comprendía. Se hizo vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.

La frase de R, “Tú no comprendes todavía”, lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: “No es un genio. Se enamora”.

El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.

A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.

R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar.

-La próxima vez te muestro su retrato -dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente-: Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa.

El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.

-Es un cejudo -pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. “Mi frente también es abultada”, se dijo. “Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa”.

En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.

El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse.

-¿En qué piensas? -preguntó R, suavemente, como de costumbre.

El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. “Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía”, pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.”




18 de set. 2017

amas



“A la mañana siguiente,  Shinji subió a bordo del barco de su patrono como de costumbre y zarparon para pasar el día pescando. Al amanecer el cielo estaba cubierto y se reflejaba en un mar calmado. Tardarían alrededor de una hora en llegar al caladero.

Shinji llevaba un delantal de goma negro que le cubría desde la pechera de la camiseta hasta la parte superior de las altas botas de goma y unos largos guantes también de poma.  De pie en la proa de la embarcación, mirando adelante, hacia su lugar de destino en el Pacífico, muy mar adentro bajo el ceniciento cielo matutino, Shinji recordaba la noche anterior, el tiempo transcurrido desde que abandonó el faro hasta que se acostó.

La madre y el hermano de Shinji habían aguardado su regreso en la pequeña habitación iluminada por una lámpara de luz tenue que pendía sobre el fogón. El hermano sólo tenía doce años. Desde el último año de la guerra, cuando su marido murió ametrallado por un avión que atacó en vuelo rasante, y hasta que Shinji fue lo bastante mayor para trabajar, la madre había mantenido a la familia sin más recursos que sus ganancias como buceadora. [...]
Incluso para una madre veterana entre las buceadoras, ese mundo crepuscular del fondo marino era el mundo de las mujeres.”

El rumor del oleaje (Shiosai)
Yukio Mishima
Traducción: Keiko Takahashi y Jordi Fibla
Alianza Editorial, 2003
Pág. 19-20 y 83


Con una tradición que se remonta más de  dos mil años en la historia de  Japón,  las Ama (mujeres del mar) son las buceadoras pescadoras de perlas y abulones.


Este oficio tradicional se transmite de madres a hijas.  Por ello,  las ama suelen iniciar su entrenamiento y su actividad a una edad muy temprana, habitualmente cuando cumplen trece años.  En esta primera etapa de entrenamiento se las denomina “Cachido“, y suelen bucear  a una profundidad de 3 a 5 metros durante unas 3 horas al día.  Su herramienta de trabajo principal es un flotador en forma de tonel donde colocan lo recolectado y descansan entre sus inmersiones.

Al cumplir los treinta años ya se les considera experimentadas y capacitadas para descender a profundidades de más de 20 metros. En ese momento pasan a denominarse “Funado“.  En esta etapa pasan a trabajar dependiendo de una embarcación y, normalmente,  van acompañadas por algún familiar  masculino. El tipo de buceo que practican es en apnea y,  en una jornada de trabajo habitual,  suelen sumergirse docenas de veces a profundidades medias de 15 metros,  permaneciendo a esa profundidad el tiempo suficiente para realizar sus capturas entre las rocas del fondo.  En una hora suelen estar 30 minutos en el fondo, 15 minutos subiendo y bajando desde la superficie al fondo y otros 15 minutos descansando.

Para descender usan lastres, bolsas con piedras de un peso aproximado de 10 kilogramos,  junto a una cuerda que va unida a la cintura y les conecta con la embarcación. Cuando la Funado tira de la cuerda indica a la embarcación que su bolsa de recolección ya está llena , momento en que es izada, suelta lo recolectado y vuelve a sumergirse.

Las ama suelen realizar este oficio hasta edades muy avanzadas,  a veces hasta pasados los sesenta y cinco o incluso los setenta años.  Esto y el hecho de que la mayoría de las ama sean mujeres,  es debido a que la distribución de la grasa corporal y la tasa metabólica es diferente entre hombres y mujeres, y hace que éstas puedan aguantar más tiempo sumergidas en esas aguas a tan bajas temperaturas.

En general su mejor época como buceadoras está en torno a los cincuenta años.  Muchas ama siguen buceando durante su embarazo e incluso a las pocas semanas del parto, dejando al  recién nacido en la embarcación, al cuidado del ama de más edad.


17 de set. 2017

Shiosai

Gravat de Utagawa Hiroshige (1797 –1858)
“La isla de Utajima sólo tiene unos mil cuatrocientos habitantes, y el perímetro de su costa no llega a los cinco kilómetros.

En dos lugares de la isla los paisajes son de belleza insuperable. Uno es el santuario de Yashino, que está encarado al noroeste y se alza cerca del punto más elevado de la isla. Desde el santuario se abarca un panorama ininterrumpido de la amplia bahía de Ise, y la isla se encuentra en el estrecho que enlaza la bahía con el océano Pacífico. La península de Chita avanza desde el norte, mientras que la península de Atsumi se extiende al nordeste. Al oeste se atisba la línea costera de Tsu, entre los puertos de Uji-Yamada y Yokkaichi.

Si uno sube los doscientos escalones de piedra que conducen al santuario y mira hacia atrás desde el torii, con un león guardián de piedra a cada lado, tiene una visión privilegiada de la bahía de Ise y las costas lejanas que la rodean. En el pasado se alzaban ahí dos pinos cuyas ramas habían sido dobladas y entrelazadas hasta darles la forma de un torii y proporcionaban al paisaje un curioso marco, pero los árboles murieron hace unos años.

En estos momentos el color de las agujas de los pinos circundantes es aún el verde apagado del invierno, pero ya las algas primaverales tiñen de color rojo las aguas cercanas a la orilla del mar. El monzón del noroeste sopla continuamente procedente de Tsu, por lo que todavía hace demasiado frío para disfrutar del panorama.

El santuario de Yashiro está consagrado a Watatsumino-Mikoto, el dios del mar. Es ésta una isla de pescadores, y nada más natural que sus habitantes sean fieles devotos de ese dios. Siempre le rezan para que el mar esté sereno, y cuando se salvan de algún peligro en el mar lo primero que hacen una vez en tierra es una ofrenda votiva en el santuario del dios marino.
Gravat de Utagawa Hiroshige (1797 –1858)

 El santuario posee un tesoro formado por sesenta y seis espejos de bronce. Uno de ellos, del siglo VIII, está decorado con un grabado de granos de uva. Otro es una copia antigua de un espejo chino del período de las Seis Dinastías, de los que no existen más de quince o dieciséis ejemplares en todo Japón; los ciervos y ardillas grabados en el reverso debieron de surgir hace siglos de algún bosque persa, y recorrieron la mitad de la tierra, a través de anchos continentes y mares interminables, hasta que finalmente llegaron aquí, a Utajima, y se quedaron para siempre.

El segundo paisaje más hermoso de la isla es el que se abarca desde el faro, cerca de la cima del monte Higashi, que forma un acantilado en cuya base la corriente del canal de Iroko produce un estrépito incesante. En los días de viento, estos estrechos canales que enlazan la bahía de Ise con el Pacífico están llenos de remolinos. El extremo de la península de Atsumi se proyecta a través del canal, y en su costa rocosa y desolada se alza el pequeño faro, deshabitado, del cabo Irako. Desde el faro de Utajima, en dirección sudeste, se ve el Pacífico, y al nordeste, al otro lado de la bahía de Atsumi y más allá de las cadenas montañosas, a veces se vislumbra el monte Fuji, por ejemplo al amanecer, cuando el viento del oeste sopla con fuerza.”
El rumor del oleaje (Shiosai)
Yukio Mishima
Traducción: Keiko Takahashi y Jordi Fibla
Alianza Editorial, 2003
Pág. 11-13


Shiosai es el títol d’una pel·lícula japonesa de l’any 1954, basada en la obra homònima de Yukio Mishima.  

Dirigida per Senkichi Taniguchi , el guió està firmat per  Shin'ichirô Nakamura i pel mateix director, i interpretada per  Akira Kubo,  Sadako Sawamura i  Minoru Takashima en els papers principals.  





16 de set. 2017

festa de les lletres


Avui hem assistit a la festa de commemoració dels 10 anys del Cafè amb Lletres, volem compartir amb tots vosaltres les fotografies de l'acte realitzades pel nostre company Carlos Utrera.







15 de set. 2017

exposició de cartells



Exposició amb obres de l’autor del dibuix del cartell del XXVII Festival Internacional Blues de Cerdanyola.

Del 18 al 24 de setembre de 2017

Amb horari:

de dimarts a dissabte de 10 a 14 hores

de dilluns a divendres de 15.30 a 20.30 hores


Lloc: Planta 0 de la Bliblioteca (plaça d'Enric Granados, 1)

fira del llibre d'ocasió antic i modern 2017


La 66a Fira del Llibre d'ocasió Antic i Modern se celebrarà del 22 de setembre al 8 d'octubre al Passeig de Gràcia, de Barcelona.

Inaugura la fira,  el dia 22 de setembre a les 11:00 del matí, l'escriptor Joaquim Carbó, un escriptor molt rellevant de les narrativa catalana, tant per a adults com per a joves, que va col·laborar a la revista Cavall fort des dels seus inicis.


El cartell de la fira ha estat realitzat per Josep Moscardó, pintor i gravador català. L'exposició d'aquest any és la Barcelona del segle XIX en paper, en la qual es poden trobar números de premsa diària i de revistes il·lustrades, fulletons referents als nous equipaments de la ciutat, fotografies de barcelonins, etc.

jornades


Ens fem reso de la celebració de unes jornades que ens fa arribar el company Joan Francesc:

“Del 26 al 30 de setembre, la Fundació Salvador Seguí de Catalunya,  amb la col·laboració de la CGT i de la Biblioteca Ignasi Iglesias-Can Fabra,  organitzen unes Jornades en les quals es donarà veu a protagonistes de l’esquerra radical i dels moviments socials de l’època que van ser activistes en les lluites obreres, en l’educació, en els barris i els ateneus, en la comunicació alternativa i la contracultura, en el feminisme i l’alliberament gai i en els moviments socials.

La Fundació Salvador Seguí vol contribuir decididament a aquesta recuperació de la història des de baix i, especialment, des de l’esquerra radical i des dels moviments socials de l’època. Al respecte, i conjuntament amb la International Oral History Association y el Departamento Ciencia Política y de la Administración II de la Universidad Complutense, va organitzar del 24 al 26 de febrer de 2017 un Congrés a Madrid, al qual es van presentar més de 120 ponències.

En aquestes Jornades no abastarem totes les veus i totes les posicions alternatives, però volem iniciar un camí a casa nostra que sigui irreversible en la recuperació de la visibilitat, la dignitat i el reconeixement d’altres relats alternatius de la Transició.”

Jornades “Altres protagonistes de la Transició: l’esquerra radical i els moviments socials

Dates: del 26 al 30 de setembre de 2017


Lloc: Biblioteca Ignasi Iglésias–Can Fabra; Carrer del Segre, 22-32, 08030 Barcelona

11 de set. 2017

youcernar, mishima

“Siempre es difícil juzgar a un escritor contemporáneo: carecemos de perspectiva. Y aún es más difícil juzgarlo si pertenece a su civilización que no es la nuestra y con lo cual entran en juego el atractivo del exotismo y la desconfianza ante el exotismo. Esas posibilidades de equívoco aumentan cuando, como ocurre con Yukio Mishima, el escritor ha absorbido ávidamente los elementos de su propia cultura y los de Occidente; y, en consecuencia, lo que para nosotros es normal y lo que para nosotros es extraño se mezclan en cada obra en unas proporciones diferentes y con unos efectos y unos aciertos muy diversos. No obstante, es esa mezcla lo que hace de él, en muchas de sus obras, un auténtico representante de un Japón también violentamente occidentalizado, pero marcado a pesar de todo por algunas características inmutables. En el caso de Mishima, la forma en que las partículas tradicionalmente japonesas han ascendido a la superficie y han estallado con su muerte, le convierte, en cambio, en el testigo y, en el sentido etimológico del término, en el mártir del Japón heroico al que él había llegado, por así decirlo, a contracorriente.

Pero la dificultad aún crece más — sean cuales sean el país y la civilización de que se trate— cuando la vida del escritor ha sido tan variada, rica, impetuosa y a veces tan sabiamente calculada como su obra, que tanto en la una como en la otra advertimos los mismos fallos, las mismas marrullerías y las mismas taras, pero también las mismas virtudes y, finalmente, la misma grandeza. Inevitablemente se establece un equilibrio inestable entre el interés que sentimos por el hombre y el que sentimos por su obra. Ya se acabó el tiempo en que se podía saborear Hamlet sin preocuparse mucho de Shakespeare: la burda curiosidad por la anécdota biográfica es un rasgo de nuestra época, decuplicado por los métodos de una prensa y de unos media que se dirigen a un público que cada vez sabe leer menos. Todos tendemos a tener en cuenta, no solamente al escritor, que, por definición, se expresa en sus libros, sino también al individuo, siempre forzosamente difuso, contradictorio y cambiante, oculto aquí y visible allá, y, finalmente —quizás sobre todo— al personaje, esa sombra o ese reflejo que el propio individuo (y éste es el caso de Mishima) contribuye a proyectar a veces, por defensa o por bravata, pero más allá o más acá de los cuales el hombre real ha vivido y ha muerto en ese secreto impenetrable que es el de cualquier vida.


Hay ahí muchas posibilidades de errores de interpretación. Hagamos caso omiso de ellas, pero recordemos siempre que la realidad central hay que buscarla en la obra: en ella es donde el escritor ha preferido escribir, o se ha visto forzado a escribir, lo que al fin y al cabo importa. Y, sin duda alguna, la muerte tan premeditada de Mishima es una de sus obras. Sin embargo, una película como Patriotismo, un relato como la descripción del suicidio de Isao en Caballos desbocados, proyectan su luz sobre el final del escritor y lo explican en parte, mientras que la muerte del autor a lo sumo autentifica las obras sin explicarlas.

Es indudable que algunas anécdotas de infancia y de juventud, al parecer reveladoras, merecen ser retenidas en un breve sumario de esta vida, pero esos episodios traumatizantes nos llegan en su mayor parte a través de Confesiones de una máscara y se encuentran también, diseminadas con formas diferentes, en unas obras novelescas más tardías, elevadas al rango de obsesiones o de puntos de partida de una obsesión inversa, definitivamente instaladas en ese poderoso plexo que rige todas nuestras emociones y todos nuestros actos. Interesa ver cómo esos fantasmas crecen y decrecen en la mente de un hombre igual que las fases de la luna en el cielo. Y es indudable que algunos relatos contemporáneos más o menos anecdóticos, algunos juicios emitidos en vivo, como una instantánea imprevista, sirven a veces para completar, para verificar o contradecir el autorretrato que el propio Mishima ha hecho de esos incidentes o de esos momentos-choque.

Sólo a través del escritor podemos oír sus vibraciones profundas, como cada uno de nosotros oye desde dentro su voz y el rumor de su sangre. Lo más extraño es que muchas de esas crisis emocionales del niño o del adolescente Mishima nacen de una imagen sacada de un libro o de una película occidental a los que el joven japonés, nacido en Tokyo en 1925, se abandonó. El muchachito que se deshace de una bella ilustración de su libro de estampas porque su criada le explica que se trata, no de un caballero, como él cree, sino de una mujer llamada Juana de Arco, experimenta el hecho como engaño que le ofende en su masculinidad pueril: lo interesante para nosotros es que fuese Juana la que le inspiró esa reacción, y no una de las numerosas heroínas del Kabuki disfrazada de hombre. En la famosa escena de eyaculación ante una fotografía del San Sebastián de Guido Reni, el excitante hallado en la pintura barroca italiana se comprende tanto mejor cuanto que el arte japonés, incluso en sus estampas eróticas, nunca conoció como el nuestro la glorificación del desnudo. Aquel cuerpo musculoso, pero en el límite de sus fuerzas, postrado en el abandono casi voluptuoso de la agonía, no lo habría dado ninguna imagen de un samurai entregado a la muerte: los héroes del Japón antiguo aman y mueren con su caparazón de seda y de acero.

Otros recuerdos-choque son, por el contrario, exclusivamente japoneses. Mishima no olvida el del bello «cosechador del suelo nocturno», eufemismo poético que quiere decir vendimiador, figura joven y robusta que desciende por la colina con el resplandor del sol poniente. «Esta imagen es la primera que me atormentará y la que me ha aterrado toda la vida». Y el autor de Confesiones de una máscara probablemente no se equivoca al unir el eufemismo mal explicado al niño con la noción de no sabemos qué Tierra a la vez peligrosa y divinizada.

 Pero cualquier niño europeo podría enamorarse de la misma manera de un sólido jardinero cuya actividad totalmente física y cuyas ropas, que permiten adivinar las formas del cuerpo, le alejan de una familia demasiado correcta y demasiado estirada. Tiene un sentido análogo, pero turbador como la embestida que describe, la escena del hundimiento de las verjas del jardín, un día de procesión, por los jóvenes portadores de palanquines cargados de divinidades shinto, bamboleadas de un lado a otro de la calle sobre aquellos hombros vigorosos; el niño, confinado en el orden o en el desorden familiar, siente por primera vez, atemorizado y aturdido, pasar sobre él el gran viento del exterior; todo lo que allí se sugiere continuará contando para él: la juventud y la fuerza humanas, las tradiciones percibidas hasta entonces como una rutina y que bruscamente adquieren vida; las divinidades que reaparecerán después con la forma del «Dios Salvaje» que se encarna en el Isao de Caballos desbocados y, más tarde, en El ángel podrido, hasta que la visión del gran vacío búdico lo borra todo.

Ya en su novela de principiante, La sed de amar, cuya protagonista es una joven medio loca de frustración sensual, la enamorada se arroja durante una procesión orgiástica y rústica sobre el torso desnudo de un joven jardinero y halla en ese contacto un momento de violenta felicidad. En Caballos desbocados ese recuerdo reaparece también, con mayor evidencia, aunque decantado, casi fantasmal, como esos crocos de otoño cuyas flores brotan abundantemente en primavera y reaparecen luego, inesperadas, menudas y perfectas, al final del otoño, en forma de muchachos que sacan y extienden con Isao unas carretadas de lirios sagrados en el recinto de un santuario, y que Honda, el mirón-vidente,  contempla, como el propio Mishima, a través de una perspectiva de más de veinte años.

En ese tiempo, el autor había experimentado una vez en persona ese delirio de esfuerzo físico, de fatiga, de sudor, de enmarañamiento gozoso en una multitud, cuando decidió colocarse la faja frontal de los portadores de palanquines sagrados durante una procesión. Una fotografía nos lo muestra muy joven todavía, y por una vez sonriente, con el kimono de algodón abierto por el pecho, igual en todo a sus compañeros de carga. Sólo un joven sevillano de hace algunos años, en la época en que el turismo aún no había ganado por la mano a la fiebre  religiosa, habría podido sentir la misma embriaguez enfrentando, en una de las blancas calles andaluzas, el paso de la Macarena con el de la Virgen de los Gitanos. De nuevo aparece la misma imagen orgiástica de Mishima, aunque esta vez descrita por un testigo, durante uno de los primeros grandes viajes del escritor, perplejo dos noches seguidas ante el magma humano del Carnaval de Río, y no decidiéndose hasta el tercer día a sumergirse en aquella muchedumbre enroscada y amasada por la danza. Pero aún es más importante el momento inicial de rechazo o de miedo vivido por Honda y Kioyaki, cuando huyen ante los gritos salvajes de los esgrimidores de kendo, que Isao y el propio Mishima lanzaron más tarde a pleno pulmón. “

Marguerite Yourcenar
 Mishima o la visión del vacío
1980

traducción: Enrique Sordo