21 d’ag. 2017

llibre del mes, 11



“Mi madre tenía preocupaciones más urgentes. Además de la calidad y cantidad de la comida, le inquietaba el tiempo: habían previsto una nevada para esa noche, y por entonces ni mis padres ni sus amigos tenían coche. La mayoría de los invitados, incluido tú, vivía a menos de un cuarto de hora a pie, bien en los barrios que había detrás de Harvard, bien justo al otro lado del puente de Mass Avenue. Pero algunos vivían más lejos, y venían en autobús o en metro desde Malden, Medford o Waltham. «Supongo que el doctor Choudhuri puede llevar a la gente en coche a su casa», comentó acerca de tu padre mientras me desenredaba el pelo. Tus padres, a diferencia de los míos, eran un poco mayores, emigrantes curtidos.  Se habían marchado de la India en 1962, antes de que cambiasen las leyes que daban la bienvenida a los estudiantes extranjeros. Mientras que mi padre y los demás hombres seguían pasando exámenes, el tuyo ya tenía un doctorado e iba a su trabajo, en una empresa de ingeniería, en Andover, conduciendo su propio coche, un Saab plateado con asientos envolventes. A mí me habían llevado a casa en ese automóvil muchas noches, cuando alguna fiesta se prolongaba hasta tarde y yo acababa dormido en una cama ajena.

Nuestras madres se conocieron cuando la mía estaba embarazada. Aún no lo sabía; de pronto se sintió mareada y se sentó en un banco en un parquecillo. Tu madre estaba encaramada a un columpio, meciéndose suavemente mientras tú planeabas por encima de ella, cuando reparó en una joven bengalí con sari que llevaba bermellón en el pelo. « ¿Se encuentra usted bien?»,  le preguntó tu madre con una fórmula de cortesía. Te dijo que te bajaras del columpio y luego ella y tú acompañasteis a mi madre a casa. Fue durante aquel paseo cuando tu madre sugirió que tal vez la mía estuviese embarazada. Se hicieron amigas de inmediato y empezaron a pasar el día ¡untas mientras nuestros padres estaban trabajando. Hablaban de la existencia que habían dejado atrás, en Calcuta: la hermosa casa de tu madre en Jodhpur Park, con hibiscos y rosales que florecían en la azotea, y el modesto piso de mi madre en Makiktala, encima de un mugriento restaurante punjabí, donde vivían siete personas en tres habitaciones pequeñas.  En Calcuta probablemente hubiesen tenido pocas ocasiones de coincidir. Tu madre iba a un colegio de monjas y era hija de uno de los abogados más importantes de la ciudad, un anglófilo que fumaba en pipa y era miembro del Saturday Club.  El padre de mi madre trabajaba en Correos, y ella no comió en una mesa ni se sentó en un inodoro hasta que vino a América. Esas diferencias carecían de importancia en Cambridge, donde las dos estaban solas por igual. Aquí iban a hacer la compra juntas y se quejaban de sus maridos y cocinaban en nuestra cocina o la vuestra, dividiendo los platos para nuestras respectivas familias una vez que habían terminado. Hacían punto juntas y se intercambiaban las labores cuando una de las dos se aburría. Al nacer yo, tus padres fueron los únicos amigos que fueron a la maternidad. Me dieron de comer en tu antigua trona, me paseaban por las calles en tu viejo cochecito. “


Tierra desacostumbrada
Jhumpa Lahiri
Salamandra, 2010
Pág. 238-239




“La imagen de Aylan, el pequeño niño kurdo muerto a orillas del mar Mediterráneo en 2015, conmocionó al mundo por la impasividad de la comunidad internacional ante una guerra que desangra Oriente Próximo. El desierto del Sahara, sin embargo, sirve de fosa común a centenares de Aylanes sin que la impavidez de los actores internacionales ruborice a la gran mayoría. Un número inexacto de rostros invisibles yace bajo la arena africana tras sucumbir a muros imaginarios y otrora inimaginables que acortaron su travesía. Europa se repliega por el Este con acuerdos como el de Turquía, pero también por el sur, donde se esfuerza a base de inversiones millonarias en controlar los flujos en circulación por el Sahel.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estima que cerca del 90% de las personas llegadas a Libia transitarán por Níger este año, en un momento de revitalización de la ruta marítima desde el país magrebí, en la que ya han muerto alrededor de 3.000 personas en lo que va de año, los peores datos conocidos en un periodo tan corto de tiempo. El país saheliano se convierte así en un enclave de importancia geoestratégica, vital para Europa y prioritario en su lucha contra la migración irregular y el tráfico de personas. Por eso, precisamente, es el mayor beneficiario del mundo en ayuda europea por habitante en 2016, según el embajador de la UE en el país, Raul Mateus.

La Unión Europea es el principal socio del considerado país más vulnerable del planeta, según la ONU, y trabaja para “crear condiciones de vida dignas, desmantelar el tráfico y controlar las fronteras”, apunta su representante. Níger funciona así como el nuevo confín de la fortaleza cada día menos fuerte de Europa.  Si antes fueron Gaddafi y otros dirigentes autoritarios quienes se abonaron a la rentabilidad de erigirse como gendarmes de las migraciones, ahora nuevos cabecillas aprehendieron la elección, conscientes de su progresiva relevancia y de las necesidades de sus pueblos maltratados, histórica y paradójicamente, por los que ahora se presentan como financiadores ansiosos de barreras.

El Gobierno de Níger reclama más de 1.000 millones de euros para luchar contra la migración clandestina, mientras la Unión Europea ya desembolsó el pasado año 1.150 millones de euros,  gran parte destinada a combatir los desplazamientos clandestinos.  El máximo objetivo del viejo continente, en palabras de su embajador, es “dar alternativas a la gente para que pueda quedarse y no caigan en el anzuelo de los extremistas”. La perspectiva de desarrollo y seguridad guía la tarea de la Unión en un contexto de inestabilidad regional y expansión de grupos yihadistas tanto en el norte como en el sur del territorio, con ataques casi diarios del temido Boko Haram, y la fuerte y rápida penetración de la ideología salafista en toda la zona. Para enfrentarse al reto, Europa acaba de renovar el mandato de su misión civil de refuerzo y formación de operativos contra células terroristas. A su vez, trabaja también con la OIM para sensibilizar a favor de una migración “regular” y proyectos de retorno y reinserción en el país de origen. La responsable de programas de la organización en Níger, Fatou Ndiaye, asegura que dan asistencia a quienes lo necesitan, respetando el derecho universal a la circulación, y basándose, por tanto, “en la voluntad individual” a adherirse a sus acciones.

El esfuerzo internacional, explicitado en la Cumbre europea de la Valeta en 2015, para disuadir y frenar los flujos a través del fomento del desarrollo es diáfano, aunque el axioma es rebatible. Algunas dudas afloran en una mesa redonda en Niamey, donde actores de la sociedad civil nigerina, como Radio Alternative,  defienden la libre circulación de personas y reclaman el cumplimiento de los protocolos regionales e internacionales que la estipulan. Otros, como el responsable de migraciones de la cooperación suiza, Serge Oumow, cuestionan la máxima extendida de pensar que “cuanto más desarrollo existe, se producen menos migraciones”. Buena parte de la bibliografía académica sustentan su teoría al enmarcar los flujos en variables amplias más allá de aspectos económicos y de seguridad. También lo hacen intelectuales como el burkinés Antoine Sawadogo, quien pide a los organismos “no temer a la migración, sino acompañarla”. Las complejidades de los procesos migratorios se ejemplifican en los titulares diarios que certifican el único proverbio confirmado hasta ahora: la historia de la humanidad se basa en las migraciones y ningún muro, desierto o mar impedirá que así siga siendo.

 “Tengo muchos amigos en Europa que ayudan a la familia. Yo estaba en Guinea sin hacer nada y decidí emprender el viaje. Por muy mal que se esté allí, la situación nunca será tan difícil como la de África”. Directa y atronadora suena la revelación de Mahamadou, en una de las estaciones de buses de Niamey.  Abou, por su parte, no sabe ni tan siquiera si su objetivo es Europa. “Somos conscientes de que allí hay maltrato y que la situación en Libia es difícil, pero el camino sólo lo marca Dios”. A su alrededor, Saidou asiente y revela entre lágrimas su mayor deseo: abrazar a su madre. Lo hará pronto, ya que en pocos días regresará a Senegal, su país de origen, tras ser torturado y encarcelado durante meses en Libia. Él es uno de tantos que decide regresar a casa tras no alcanzar lo que buscaba. No descarta volver a emigrar en el futuro, pero por ahora prefiere recular. Su camino de retorno y su sufrimiento se entrecruzan con la ilusión y la determinación de muchos de sus compatriotas en dirección al norte que, lejos de ablandarse con su historia, mantienen el arrojo “de salir a buscar”.

Unos vienen y otros se van. Cada uno procura por su proyecto, sin que la sensación de grupo, aunque temporal, deje de invadir el ambiente volátil del lugar. Por cercanía nacional y/o lingüística, se dividen las tareas con ordenación sorprendente. Algunos cocinan, mientras otros barren o preparan el té. La autorización de dos días para quedarse en el apeadero se ha convertido para algunos en una parada demasiado larga. Mohammed lleva un mes esperando encontrar financiación para continuar. Ibrahim, Saigou y Mamadou, en cambio, siguen aguardando la repatriación por parte de la OIM. Ellos no han pasado por el centro de tránsito de la organización en Niamey, puesto que su aforo está completo. Sí permanece en él la familia de Abdelaziz que, entre colchones en el suelo y algunos ventiladores, es informada de la posibilidad de acceso a una prestación de reintegración en su sociedad de origen.

Más allá de la capital, en Agadez, la ciudad histórica convertida en intersección de las principales vías africanas, cientos de migrantes se alojan en otro centro de la OIM. Con capacidad para 300 personas, el espacio a las puertas del desierto acoge a “migrantes fracasados en su proyecto migratorio o a los que se dirigen a Argelia y Libia” procedentes de países de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO), en especial de Nigeria, Gambia y Senegal, según su director, Azaoua Maman. Su cometido es informarles de los peligros de la ruta para desaconsejarles, aunque sin demasiada fortuna en su empresa. Por lo que respecta a los retornados, se les ofrece cobijo durante 72 horas, cuidados psicológicos, sanitarios y tres comidas al día, mientras se prepara su regreso.

“Fui detenido en Argelia, soy albañil y mi objetivo era montar un restaurante en Tamanrasset”, asegura Bayfal, procedente de la ciudad santa de Touba, en Senegal. Como él, Emanuelle, de Camerún o Djemé, de Burkina, probaron suerte sin encontrarla en Argelia, un destino revalorizado tras la caída de Gaddafi y el caos en Libia. Entre ellos, miles de ciudadanos nigerinos y de Mali, países fronterizos, también cruzaron las dunas hacia ese destino, con desventura desigual, según las frecuentes informaciones sobre muertes de familias enteras a las que nadie pudo salvar. Tampoco la OIM, a pesar de contar con centros en Arlit y Dirkou —enclaves imprescindibles de los recorridos— y realizar misiones al desierto para captar y asistir a migrantes vulnerables.

El aumento de estos flujos en los últimos años ha sido exponencial a la creciente peligrosidad del trayecto y a la degradación del tratamiento por parte de las autoridades argelinas, culminado en deportaciones masivas de migrantes nigerinos en virtud del pacto entre el Gobierno de Niamey y el de Argel de 2015.  La OIM niega su participación en ellas, pero admite la prestación de auxilio en los casos más precarios que, no obstante, configuran la mayoría de ellos.

Estas corrientes intra-africanas, a menudo estacionales y de matriz circular —ida-vuelta-ida— son mayoritarias, muy por encima de los desplazamientos más atendidos con destino Europa.  De hecho, el Banco Mundial establece que el 75% de los migrantes de los países al sur del Sahara emigran a países vecinos,  lo que desmitifica el discurso de “invasión” de inmigrantes africanos en costas europeas. El mismo embajador de la UE admite la proporción “residual” de ciudadanos nigerinos en el viejo continente, aunque enfatiza la importancia del país en relación al tránsito y a todo el negocio informal que de él se deriva. Ciertamente, los flujos tanto internos en la región, como internacionales que atraviesan el país, participan de una manera u otra del engranaje migratorio contra el que la Unión Europea dice luchar, afincado en buena parte en Agadez.

“Occidente no sabe nada, para ellos todos somos mafia”, afirma Sallé (nombre ficticio), pocas horas antes de embarcar en su todoterreno a veinte migrantes con destino a Libia. De etnia tubu y mediana edad,  lleva más de diez años haciendo de conductor entre Agadez y Sebha, en el sur libio,  de donde es originario. Tras dejar sus estudios de piloto, empezó su tarea como pasador durante los veranos y luego hizo de ella su principal actividad. Su tarea consiste en ponerse en contacto con el intermediario en Agadez, quien reúne y cobra el pasaje a los migrantes. A él se le paga la mitad de su sueldo antes de salir y la otra mitad a la llegada. Su función se limita a conducir, aunque a tenor de los riesgos que entraña el mar de arena, a nivel de clima, hacinamiento, falta de suministros, ataques de bandidos o antiguas minas desperdigadas preparadas para explotar, su tarea es la única garantía de vida para los migrantes. A ella se aferran, temerosos de que no les abandone en medio del desierto, como hacen con frecuencia otros transportistas.

“Los tratáis como mafia, pero lo único que hacen es intentar ganarse la vida”, intercede un amigo del driver. Sallé asegura no haber participado nunca del negocio de trata de personas presente en la zona, conocido en lengua hausa como Gidanbashi (casa de crédito). Se trata de una red de la que se benefician, en menor o mayor medida, desde intermediarios y conductores hasta ciertas familias y autoridades, tanto nigerinas como libias, que utilizan su poder para lucrarse. “Yo nunca he participado de eso. Tengo compañeros que lo hacen y ganan muchísimo dinero. Con un solo trayecto pueden comprarse un coche nuevo, pero para mí es haram (pecado)”, afirma. Según Hassan, residente en Libia durante diez años, “el Gidanbashi empezó cuando los migrantes decidieron coger el camino sin financiación y empezaron a entrar en las casas de crédito para llamar a sus parientes y pedir dinero para seguir el periplo”. Con el tiempo, el negocio degeneró y se convirtió en una especie de prisión, donde los migrantes son encerrados, maltratados e incluso asesinados, siendo víctimas así de un complejo entramado del que muchos sacan tajada.

Agadez se ha convertido en uno de los epicentros de tráfico de África por el que pasan todo tipo de drogas y productos ilegales hacia Europa. Los camiones, encargados de transportar las sustancias, ya sea tabaco, alcohol o cocaína, parten los viernes, mientras los migrantes, en la actualidad a bordo de pick ups, se van los lunes. El trasiego constante de una ciudad dinámica es el poso cultural de un pueblo tuareg acostumbrado a tejer puentes entre norte y sur, como ya hizo en las míticas caravanas de la Edad Media. Más tarde, el turismo propició su expansión, a través del conocimiento en artes manuales como la joyería o la herrería. Sin embargo, la presencia y actuación de grupos yihadistas a finales de los años 2000, sumió la región en una crisis profunda, después de que Francia y Occidente declararan la zona de riesgo crítico y recomendaran a sus conciudadanos no visitarla. A esa decisión muchos se agarran ahora para justificar su participación del tráfico. “Bruselas, París, Madrid, Londres, todas estas ciudades han sufrido ataques terroristas, ¿por qué a nosotros nos tienen en zona roja?”, se cuestiona un vecino de la ciudad.

“Si los occidentales quieren parar el tráfico, tienen que crear puestos de trabajo, pero no dando el dinero a Niamey, sino viniendo aquí”, asegura Sallé, en una reivindicación viva en las calles. La Unión Europea junto a la OIM ha puesto en marcha programas de integración comunitaria fomentando cooperativas de artesanos y joyeros para sacar a centenares de personas del tráfico. Sin embargo, el comercio informal continúa y se diversifica con clara connivencia política, que contribuye también al auge de migrantes por la zona. “No se les ve, pero representan un número mayor que los propios habitantes de la ciudad”, asegura Hamed. Y apostilla: “El mayor problema de Níger es la policía y la corrupción”. Ante eso, un compañero de Sallé, sentencia indignado: “Los europeos cogéis nuestra riqueza (Níger es el cuarto exportador mundial de uranio, explotado básicamente por Francia, a pesar de contar con una infraestructura eléctrica dependiente y precaria) y luego os quejáis porqué venimos a vuestros países. Pero, ¿qué queréis que hagamos?”.”

Oriol Puig (Niamey, Níger)
El País
05/09/2016


20 d’ag. 2017

nous ulises

“El síndrome de Ulises
Santiago Gamboa
Seix Barral. 2005

La novela de Santiago Gamboa (Bogotá, 1965) pretende ser como el reverso del libro de Hemingway, París era una fiesta, publicada póstumamente en 1964, que recuerda sus años juveniles.

De hecho, el autor colombiano descubre, casi al final de la novela, un nuevo síndrome: “Aún no había sido bautizado como el síndrome del inmigrante o síndrome de Ulises”, tras el suicidio del norcoreano Jung, quien consigue que su esposa, recluida en un manicomio en su país, llegue hasta París al tiempo que él se suicida. Pero el protagonista es un escritor colombiano que sobrevive en una inhóspita ciudad dando clases de español y trabajando dos noches por semana de lavaplatos en un restaurante oriental, junto al futuro suicida. Tal vez el mayor mérito del relato reside en ofrecer una sórdida imagen de un París poco festivo, refugio de tantos escritores hispanoamericanos y del propio Gamboa, quien cursó, como su héroe, algunas clases en la Sorbona. Este colombiano va descubriendo a su alrededor un mundo de exiliados árabes, subsaharianos y europeos del Este que viven en penosas condiciones.

Para construir el relato se sirve de una técnica rudimentaria. Cada personaje se presenta a sí mismo en primera persona, contrapunteando la narración, que utiliza la fórmula de la rueda como ya hiciera Luis Romero en La noria (1952), la lejana novela que Gamboa, supongo,  ignora. Sin embargo, parte del relato se torna en detectivesco cuando desaparece otro colombiano, buen jugador de ajedrez y, paso a paso, vamos descubriendo las claves de su personalidad gracias al traductor al árabe de Juan Goytisolo y a un francés comunista y homosexual.  Dos escritores forman parte del relato: Goytisolo y Julio Ramón Ribeyro (a cuya memoria dedica la novela), quien habrá de servirle de puente hasta encontrar un trabajo más digno en France Presse, como hicieran otros escritores hispanoamericanos.

Tres temas, además de la profunda soledad del individuo, centran el relato: el hambre, el sexo y la solidaridad de los miserables. El protagonista atraviesa toda suerte de penalidades: la necesidad de ducharse en los vestuarios de una piscina municipal, el lavabo comunitario. Así se describe el retrato del “otro” París. Hay abundantes referencias a la nueva narrativa hispanoamericana que sigue siendo la de siempre. El escritor marroquí Khair-Eddine traza ciertos paralelismos entre el exotismo de América y los tópicos del arabismo. Uno de los personajes más emblemáticos será el de Paula, cuya relación con el sexo libre ha de conducir al protagonista a conocerlo en todas sus variantes. Pero Paula, que acabará convirtiéndose en su confidente, lo sustituirá por la literatura. Escribir es también la salvación del protagonista. Como buen latinoamericano universitario lleva consigo una novela que corregirá cuando su vida se torna más ordenada. Sin embargo, el alcohol siempre está presente. Hay también drogas, prostitución.



Existe una comunidad colombiana, en la que conviven guerrilleros de diversas facciones con otros y otras, sin papeles, que intentan ganar algún dinero como la árabe, y personajes que viven su soledad en una ciudad consumista. Pero allí se advierte también que “los que habíamos llegado por la puerta de atrás, sorteando las basuras, vivíamos mucho peor que los insectos y las ratas”. La acción se sitúa en la primera guerra de Iraq. Gamboa narra con eficacia, sabe construir historias en un lenguaje directo, de forma confesional, invocando al lector. En la novela, sin embargo, casi todo es previsible. Los personajes se convierten en tipos. Apenas si cabe hablar de sorpresas.  Sí, es la historia de un escritor colombiano en un París sin Notre Dame, donde se caza un pato,  de noche,  en un lago con una red para comérselo horas después.  Donde se aprovecha cualquier invitación, donde todo parece tolerable, porque está en función de la diosa literatura.  Nos movemos en el miserabilismo que se ha convertido en dramática actualidad en la sociedad francesa marginal. En ella se descubre también lo auténtico, así como una exageración de tintes y un expresionismo negro, en un estilo directo; todo ello teñido de tópicos que resultan poco justificables, a medio camino entre lo autobiográfico y la invención.”


Joaquín Marco
El Cultural
17-11-2005

18 d’ag. 2017

le chemin de la liberté




El nostre company i amic Joan Francesc va participar fa uns dies a la ruta Le Chemin de la Liberté. Aquesta és la seva crònica de l'experiència.










“Del 6 al 9 de julio del 2017, se celebró la 24ª edición de Le Chemin de la Liberté, que parte de la ciudad de Saint-Girons (Ariège), Francia hasta la localidad catalana de Esterri d’Àneu.




Le Chemin de la Liberté

Tenemos que remontarnos a 1940 durante la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas Alemanas invadieron Francia y tras la firma del armisticio crearon una zona en el sur de Francia denominada la Francia de Vichy o Francia libre, en esta zona, propiciado por los Nazis se instauró una gobierno totalitario, a pesar de ello, fue un espacio donde inicialmente miles de personas se refugiaron huyendo de la barbarie, entre estas personas habían presos evadidos, pilotos abatidos, insumisos, victimas de discriminaciones, judíos, resistentes desenmascarados o delatados.

Pero en 1942, a partir del desembarco aliado en el norte de África, las tropas Nazis intensificaron la presión sobre la zona libre, con guardias fronterizos esencialmente austriacos que controlaban la cadena montañosa cerrando las fronteras con España y estableciendo una zona prohibida de 20 km, a partir de ese momento, el denominador común de todos los perseguidos era la necesidad vital de irse de Francia, atravesando para ello los Pirineos y alcanzar España. 


Para facilitar la huida, se creo una verdadera red de pasadores, personas altruistas que conocían las montañas; pastores, contrabandistas y guías, que arriesgando sus vidas acompañaban a los perseguidos por recónditos caminos, bosques, collados y valles. De los aproximadamente 2.000 guías conocidos, cerca de la mitad fueron ejecutados o muertos en deportaciones, sin embargo, gracias a ellos unos 33.000 evadidos pudieron cumplir su sueño, a pesar, de no ser recibidos con mucha amabilidad por las autoridades españolas, aunque el dictador Franco era aliado de Hitler, tenia acuerdos económicos secretos con los gobiernos aliados que posibilitaba la salida de los presos después de meses del éxodo y penoso cautiverio por cárceles españolas. 





¿Qué es Le Chemin de la Liberté?

Es uno de los recorridos de evasión, que a través de Couserans (pequeña provincia histórica de los Pirineos dentro de la parte occidental del departamento de l’Ariège), fue uno de los caminos más largos y difíciles, pero también uno de los más usados por los guías, a causa de la complejidad y dificultad del terreno, paradoxalmente las tropas ocupantes, en contra de su voluntad, descuidaron su vigilancia.





La Association Chemin de la Libertè en 1994 balizó el recorrido y creo un escenario de sentimiento, recuerdo y memoria histórica de lo sucedido durante la ocupación Nazi,  solidarizándose con las miles de personas perseguidas y recordando a aquellos que perdieron o pusieron su vida en peligro por la libertad..


El recorrido, empieza en Saint-Girons a 391m. de altitud, durante cuatro días se recorren caminos y sendas de alta montaña de una belleza extraordinaria, donde se leen textos en lugares emblemáticos, palabras de recuerdo, rememorando hechos, canciones e himnos, se cruza por ríos, lagos, bosques, collados, rocas y nieve, asistidos en todo momento por los excelentes guías de la organización, con avituallamiento y soporte logístico, un recorrido de aproximadamente unos 70km. y 4.000m. de desnivel acumulado, se acampa en un prado a 1500m (cabaña de Subera), se pasa una noche en el refugio de Estagnous a 2.245m., las cotas máximas son en el collado de Pécouch (2494m) y el collado de Claouère (2.500m), este último antes de empezar la larga bajada hasta el Noguera Pallaresa y se finaliza en Alos de Izil (1.200m) antes de desplazarnos a Esterri d’Àneu.






He participado dos años consecutivos en Le Chemin de la Libertè, para mí ha supuesto un espacio de reflexión y concienciación, lamentablemente la historia se sigue repitiendo sin cesar, cambian los pueblos y los escenarios, pero las guerras y la codicia humana continúan desplazando a millones de personas que lo han perdido todo, convirtiéndose en parias sin hogar, en un sin sentido, que a la industria de la guerra, a los gobiernos y religiones no les interesa parar.

Cada cual tiene un motivo para hacer el camino, pero para mí, lo mejor es el compañerismo y solidaridad que se genera, he hecho grandes amigas y amigos entre las personas que participan, de múltiples edades, procedencias y nacionalidades, cada cual con su motivación pero con el objetivo común de homenajear y rememorar la gesta de los partisanos y pasadores, refrescando cada año con la participación y con la difusión que humildemente cada uno de nosotros podamos hacer para que se mantenga vivo el recuerdo de la historia.



Para finalizar, extraigo un pequeño fragmento de un folleto de la organización: 

“Ojalá, pueda cada participante, cualquiera que sea, sentir una emoción intensa, insostenible mezcla de admiración y de compasión cuando ponga sus propios pasos en las huellas de estos hombres, mujeres y niños, algunos muy jóvenes y otros muy mayores,  que tomaron valientemente en condiciones mucho más difíciles en aquella época, esta senda peligrosa de la esperanza: este es el profundo deseo de todos los miembros de la Asociación. Además, se debe recordar, que durante la trágica retirada, apenas tres o cuatro años antes, muchos republicanos españoles perseguidos con ferocidad por Franco, se refugiaron también el Francia por Couserans, cogiendo en sentido contrario, itinerarios de evasión a veces idénticos, en condiciones dramáticas y precarias”. 



Podéis recabar más información y ver el itinerario detallado por días en la página web de la Asociación http://www.chemindelaliberte.fr, o bien os podéis contactar conmigo.



Para que nunca más vuelva a suceder, nos vemos el próximo año en la 25ª edición de Le Chemin de la Liberté."



Salud y libertad.

Joan Francesc



12 d’ag. 2017

el cuento de la criada

“No es fácil desplazarse por Gilead: el tráfico está reglamentado y en las ciudades hay barricadas custodiadas por Ángeles que impiden el acceso de una zona a otra a las personas sin autorización. Gilead (Galaad en español) está en Nueva Inglaterra, la región estadounidense que alguna vez albergó los Estados de Connecticut, Rhode Island, Massachusetts, Nuevo Hampshire, Vermont y Maine, pero en la actualidad es difícil saber cuáles son sus límites. Por otra parte, no parece haber mucho para hacer allí, excepto presenciar ajusticiamientos y partidos de fútbol, que constituyen el único resabio de la vida pública que existió antes de Gilead: ya no hay periódicos, la lectura está prohibida a las mujeres y los hombres sólo pueden leer la Biblia, todas las universidades han sido cerradas y la divulgación del conocimiento científico es penalizada con la muerte, la producción artística se circunscribe a la de las manualidades con las que las mujeres en sus hogares dan una segunda vida a los objetos que ya no sirven, no hay dinero y el mercado negro es remoto y peligroso; de hecho, apenas hay algo para comer, el alcohol está prohibido y el café sólo puede ser disfrutado por la élite.

Un puñado de personas considerará todo esto suficientemente disuasorio. Para las demás, una mala noticia: Gilead no existe, fue creado por Margaret Atwood para una novela escrita en 1984 y adaptada en una popular serie de televisión hace unos meses.  El cuento de la criada es el relato de Defred (es decir, “de Fred”: en Gilead las mujeres son propiedad de los hombres), una joven que alguna vez tuvo una familia y un trabajo, pero los perdió tras el asesinato del presidente y la toma del poder por parte de fundamentalistas religiosos, quienes recortaron las libertades civiles en nombre de la seguridad. Defred intentó escapar a Canadá con su marido y con su hija, pero fue capturada en la frontera y enviada a reeducación; y ahora es Criada, parte de una rígida sociedad de clases que las Criadas deben perpetuar: los accidentes nucleares y la contaminación (así como la represión de la sexualidad) han reducido la capacidad reproductiva de la población a mínimos (aunque esto es “culpa de las mujeres”: legalmente, en Gilead no hay hombres estériles), y la élite recurre a mujeres “reeducadas” como Defred para aparearse. Una vez al mes, las Criadas yacen con los Comandantes bajo la mirada de sus Esposas; el resto del tiempo, esperan: en algún sentido, como criadas, son un recipiente vacío, pero las otras opciones que se les presentan son incluso peores.

Defred pertenece a una generación de mujeres que todavía es capaz de recordar cómo se vivía antes de Gilead, de allí su ambigüedad ante los acontecimientos. Por una parte, le “parece mentira que antes las mujeres perdieran tanto tiempo y energías (…) pensando en ellas, preocupándose por ellas, escribiendo sobre ellas”. Por otra, se niega a aceptar que el mundo que conoció ya no existe, y se aferra a todo aquello que se lo recuerde: roba mantequilla para hidratarse el rostro (los cosméticos están prohibidos), piensa en los hombres, recuerda, se niega a creerse “un desperdicio”. Cuando en el centro de reeducación se le dice que “será más sencillo para las que vengan después de vosotras”, que “aceptarán sus obligaciones de buena gana”, Defred piensa: “Porque no habrán conocido otra cosa”, pero, por supuesto, no pone en riesgo su vida diciéndolo en voz alta.

Una de las razones por las que El cuento de la criada resulta un libro tan inquietante es que pone ejemplarmente de manifiesto la facilidad con la que una democracia liberal puede dejar paso a una dictadura teocrática si existe un enemigo lo suficientemente importante (Atwood, visionaria, escogió el terrorismo islámico) y se consigue que la población “mantenga la calma”; otra, que la adaptación a una sociedad de vigilancia y represión extremas es más habitual que la resistencia a ella.

El cuento de la criada es la historia de la pérdida de unas libertades que creemos inalienables. Aunque fue publicado hace algo más de 30 años y el régimen que lo inspiró (la así llamada República Democrática de Alemania) ya no existe, el libro es leído en nuestros días como una obra completamente actual en no menor medida debido a que los acontecimientos recientes parecen poner de manifiesto que Gilead ya no es sólo una distopía literaria (o “una advertencia”, según su autora), sino una posibilidad: 22 millones de personas perderán toda prestación médica en los próximos 10 años si el Senado estadounidense aprueba la nueva ley de salud; China y otros países continúan asesinando a sus disidentes políticos; la libertad de prensa está en riesgo en la mayor parte del planeta y Turquía anuncia que el año próximo dejará de enseñar la teoría de la evolución en las escuelas. No son las únicas señales de que no importa que no sea posible ir a Gilead, ya que Gilead viene a nosotros: el Gobierno estadounidense acaba de anunciar que en breve controlará en los aeropuertos los libros que lleven los pasajeros. “Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando”, afirma Defred: ojalá lo siga siendo un tiempo más.”

Patricio Pron
Babelia
El País
12/08/2017


llibre del mes, 10


“Mes de 5.000 persones d’origen indi resideixen oficialment a la ciutat de Barcelona, segons les estadístiques de l'Ajuntament.  Aquesta comunitat està entre les 20 mes nombroses d'entre els ciutadans estrangers arrelats aquí. La presencia deis indis es, en alguns casos, molt vistosa, ja sigui a través de la seva vestimenta, de la seva gastronomia o dels seus rituals. Per conèixer més en profunditat aquesta cultura, Casa Asia i CuitRuta han organitzat la ruta Índia a Barcelona.  Deepti Golani, economista i educadora de origen indi, s'ha encarregat de documentar l’itinerari i es qui fa les funcions de guia dels participants en aquesta activitat turística divulgativa.

Golani va arribar a Barcelona el 1991. El seu interès per apropar les cultures catalana, espanyola í índia  l'ha portat a realitzar diferents incitatives. com protocols de negocis amb l’índia o tallers educatius amb Casa Asia.  Golani també va decidir obrir un comerç de moda i complements indis al barrí de Sant Antoni. Ara posa els seus coneixements i vivències a disposició de qui la vulgui acompanyar durant un parell d'hores d’itinerari que, majoritàriament, recorre els carrers de Sant Antoni i el Raval.

El punt de trobada i benvinguda es a la botiga Mumbai, un negoci familiar del qual Deepti Golani es copropietària. Allà, les persones inscrites a l'activitat  s'equipen amb un sistema de radioguia per poder escoltar còmodament les explicacions de la guia durant la passejada. La primera parada és a un supermercat on els membres de la comunitat índia troben gran part del que poden necessitar per preparar els seus àpats seguint les seves pròpies receptes. Hi descobrim una desena de tipus de llenties, una cinquantena d'espècies en diferents presentacions i mides de paquet, sacs d’arròs basmati de 5 i 20 kg i. fins i tot, paelles especials per fer el pa diàriament a casa. També hi trobem productes de cosmètica de marques de gran consum, però amb els perfums i varietats que es comercialitzen a l'índia.

Tot seguit,  caminant pels carrers dels barris de Sant Antoni i el Raval, Golani explica com, quan í per que va haver-hi la primera onada migratòria des del seu país d’origen cap a la seva ciutat d'acollida, Barcelona.  Durant el camí, assenyala aquells carrers on viuen més indis i algun comerç, que resulta especialment singular.  Al carrer Joaquim Costa, a partir de diversos establiments, els participants a la ruta descobreixen mes aspectes de la vida quotidiana dels indis a Barcelona: les verdures fresques (algunes de les quals es cultiven ja a les rodalies de la ciutat), els dolços, l`èxit de les bugaderies i de les perruqueries amb fotos d'actrius de Bollywood a l'aparador.  Al llarg del recorregut,  Golani respon els dubtés i s’esforça també a desmitificar i desmuntar alguns rumors i clixés que afecten a la comunitat índia de Barcelona.  Quan la comitiva de turistes arriba al triangle format per la Rambla del Raval i els carrers Riera Alta i del Carme, Deepti treu la seva faceta d'economista didàctica i,  a partir d’estadístiques, mostra l’evolució dels fluxos migratoris de les darreres dècades. Es llavors quan les agencies de viatges en mans d'indis,  especialitzades en trajectes de llarga distancia a l’Aisa des de Barcelona,  prenen tot el protagonisme. Golani aprofita la ruta per donar detalls sobre la seva pròpia experiència com a dona,  immigrant,  mare, emprenedora i educadora,  abans d'acabar l’activitat accedint amb el grup al Gurdwara (temple Sikh) del carrer Hospital.

Aquí, els assistents a la ruta s'han de cobrir cames, espatlles i cap (homes i dones), així com rentar-se mans i peus per poder entrar. Un cop a dins del temple, Deepti aprofita per explicar les diferencies i coincidències entre fes religions majoritàries tant a l'índia com entre els indis barcelonins.  S'atura també a descriure el funcionament del Gurdwara. Al final d’aquest itinerari intercultural,  els participants acaben tenint una visió ajustada -i des de tots els punts de vista-  de la vida quotidiana de la comunitat índia barcelonina.”

Àngels Mena
20 minuts oci