17 d’oct. 2017

el llibre del mes



«No cabe duda», dijo K. en voz muy baja, porque le satisfacía la viva atención de toda la asamblea, y en medio de aquel silencio iba surgiendo un rumor más excitante que los aplausos más arrebatados, «no cabe duda de que, tras las manifestaciones de este tribunal y, en mi caso, después del arresto y del interrogatorio de hoy, se esconde una gran organización. Una organización que no sólo da trabajo a unos guardianes corruptos, a unos inspectores necios y petulantes y a unos jueces de instrucción cuya mejor cualidad es la de ser mediocres, sino que, además, mantiene a una magistratura de grados superiores y supremos, con toda la caterva inevitable y sin número de ordenanzas, escribientes, gendarmes y otros servicios auxiliares, probablemente incluso verdugos (no me asusta la palabra). ¿Y qué sentido tiene, señores, esta gran organización?  Consiste en arrestar personas inocentes y en instruir contra ellas un proceso absurdo y, como en mi caso, casi siempre sin resultado.”
El proceso
Franz Kafka
Traducció: Feliu Formosa
Alianza Editorial, 2002
pàg: 50


GAT a escena


AVIS IMPORTANT:

CANCEL·LADES LES DUES REPRESENTACIONS!!
S'ajorna al 24 de novembre a les 21h.




Els companys del Grup Artístic Teatral (GAT) – i entre ells, la nostra companya Juani Torio -representaran el proper divendres, 20 i el dissabte 21 d’octubre, l’obra PELS PÈLS,  de Paul Pörtner.

Els podreu veure a partir de les 21 hores al Teatre Ateneu de Cerdanyola del Vallès (carrer indústria, 38-40)

FICHA:

Direcció: Lluís Tusell

Intèrprets: Alicia Marco, Bea Garcia, Emilia Tordera, Gisela Romero, Toni Vidal, Francesc Vilaró, Eduard Llorens, Lluís Grau, Nicolás Romero, Joan Carles Chordà, Elisenda Peris de Surroca i Juani Torio


'Pels pèls' és una obra de teatre poc convencional, una comèdia, un thriller i un reality show, barrejats. 'Pels pèls' és la història d'un assassinat, comès en una perruqueria, que implica els seus sis protagonistes;  el perruquer, la seva ajudant i els quatre clients. I per resoldre el cas, el públic juga un paper actiu, ajudant a trobar el culpable.  La força de l'obra resideix en la improvisació dels actors i la seva interrelació amb el públic, que es converteix en un personatge actiu.

jazz barcelona



49 FESTIVAL INTERNACIONAL DE JAZZ DE BARCELONA

15 d’oct. 2017

el procés, pel·licula

El procés és una coproducció europea de 1962, dirigida per Orson Welles, qui també va escriure el guió, basat en la novel·la homònima de Franz Kafka. Es va filmar a Iugoslàvia, i va pel·lícula va comptar amb Anthony Perkins, Romy Schneider, Jeanne Moreau, Orson Welles, Elsa Martinelli i Akim Tamiroff en els papers principals.

La seva originalitat radica en la utilització dels recursos cinematogràfics i l'extraordinari tractament de l'espai de què fa gala, que aconsegueixen convertir-se per si sols en protagonistes del film. Orson Welles plasma amb mestria absoluta l'angoixa i el surrealisme de la trama utilitzant diversos espais físics (passadissos que porten a Joseph K. al seu treball,  al teatre,  a la sala judicial o visitar l'advocat) muntats de manera aparentment arbitrària,  perquè l'espectador no tingui massa idea d'on es troba en cada moment i per transmetre aquesta sensació de desassossec que viu el protagonista. Els sostres de les estades tancades són sempre baixos, gairebé es diria que hi ha l'alçada justa per respirar.  La il·luminació,  la fotografia (amb una utilització gairebé abusiva del clar-obscur) i els plànols amb grans angles i profunditat en els espais oberts estan planejats per augmentar el mateix efecte.

Welles va dir: "El procés és la millor pel·lícula que mai vaig fer ... mai he estat tan feliç en la meva vida com quan la vaig filmar" .

Va ser guardonada amb el Premi dels Crítics 1964 a la millor pel·lícula .



FICHA:

Títol original: The Trial (Le Procès)
Any: 1962
Durada: 118 minuts 
País: Coproducció França-Itàlia-Alemanya
Director: Orson Welles
Guió: Orson Welles, a partir de la novel·la del mateix títol de de Franz Kafka
Música: Jean Ledrut
Fotografia: Edmond Richard
Repartiment: Anthony Perkins, Romy Schneider, Jeanne Moreau, Orson Welles, Elsa Martinelli,Akim Tamiroff, Suzanne Flon, Madeleine Robinson, Arnoldo Foà, Fernand Ledoux, Michael Lonsdale.




13 d’oct. 2017

sobre kafka, 3

Kafka. Los primeros años.
Los años de las decisiones.
Los años del conocimiento.

Reiner Stach
Traducción: Carlos Fortea
Acantilado, 2016
2.368 páginas


“En la narración de Franz Kafka titulada “La preocupación del padre de familia” se describe un objeto singular, llamado Odradek, que “se asemeja a un carrete de hilo plano y en forma de estrella… y que parece que estuviera recubierto de hilo; aunque a decir verdad sólo podría tratarse de trozos de hilo viejos y rotos… inextricablemente entreverados”.  Odradek vive en una casa familiar y se instala, por turnos, en las diversas estancias del lugar. Pasa casi desapercibido, e inspira infinitamente más ternura que Gregor Samsa, el bicho de La transformación.  Cuando se le pregunta dónde vive, dice: “Domicilio indeterminado”.  Y se ríe. La narración termina con estas palabras del padre de familia: “Es evidente que no hace daño a nadie;  pero la idea de que pueda sobrevivirme me resulta casi dolorosa”.

Más que muchas otras narraciones de Kafka en las que él mismo aparece alegorizado o transformado en topos y perros, mujeres cantantes, ajusticiados, artistas del hambre o del trapecio,  y otras cosas,  esta narración de Kafka parece contener el último secreto,  el más lejano sentido de toda la producción literaria del autor de Praga.  A los ojos de cualquier lector no especializado, Kafka, el hombre, es como una materia ligeramente móvil, inescrutable, de dimensiones siempre ambiguas, sencillo en el fondo, envuelto por hilos rotos, como hebras de una vida misteriosa.

Por esta razón, los escasos biógrafos que han escrito sobre Franz Kafka —Max Brod, su albacea, Klaus Wagenbach, Hartmut Binder,  Ernst Pawel y algunos más,  extrañamente pocos— han topado una y otra vez con una distancia que parece, desde el punto de vista hermenéutico, insalvable: la que existe entre su obra y el ser que la escribió en una vida de apenas 41 años. Lo más habitual,  como acredita la apabullante bibliografía de Caputo-Mayr, es que sus intérpretes hayan procedido de acuerdo con algunos datos biográficos, a menudo extraídos de sus diarios y cartas, o según leyes exegéticas al estilo rabínico, en un intento, siempre desesperado, de ofrecer luz a una literatura que, en realidad, es cegadora. Se ha aplicado a su vida y su obra el método psicoanalítico (Deleuze y Guattari, por ejemplo), el método positivista histórico (Wagenbach, en especial), o el método estilístico, que defiende como normativo no aventurarse en las cuestiones de fondo. Elias Canetti,  prudentemente, se limitó a cotejar el texto de la novela de Kafka, El proceso, no con la vida del autor,  sino solamente con su relación amorosa —al fin torcida,  como tantas cosas en la vida de Franz— con su dos veces prometida Felice Bauer, berlinesa.

Ahora,  por fin, podemos saludar con entusiasmo la aparición de la que, posiblemente, deberá ser considerada la biografía más valiente, escrupulosa, lúcida, minuciosa y completa de Kafka: Reiner Stach,  Kafka: Los primeros años. Los años de decisiones. Los años de conocimiento, traducción de Carlos Fortea.

El propósito de Stach ha sido, para decirlo en sus mismos términos, articular la dimensión horizontal de una existencia tangible (los avatares de una vida y los hechos concurrentes de la historia) con la dimensión vertical —vertical hasta el vértigo— de la intricada literatura de Kafka.  Ésta, por sí misma,  está hecha de “hilos entreverados”,  de distintos color y formato —aforismos, diarios, cartas, narraciones, novelas—, pero Stach, con mucha razón, ha considerado que también la historia debe de enredarse con la vida del praguense, y que era forzoso que esta estuviera de algún modo presente en su obra: lo está hasta tal punto, que el biógrafo hace remontar una posible interferencia de los avatares históricos en la vida de Kafka… hasta la batalla de la Montaña Blanca, en 1620, entre protestantes y católicos. Sólo un atrevimiento mayor podría haber llevado a Stach a acomodar a Kafka en los libros de los profetas mayores de la Biblia.  A pesar de ser un autor profético sin parangón en los tiempos de la Modernidad —hemos escrito “profético”, no “utópico”—, el biógrafo se ha limitado en este sentido, a diferencia de Brod,  a tener en cuenta la historia de los judíos del Este —linaje al que perteneció,  no sin interés y preocupación— y todo lo que se puede saber, tanto de su obra como de su circunstancia,  sobre el reino de Bohemia y la cultura judía en los años de vida del autor.

Al lector de esta magnífica biografía no deberá resultarle extraño que Reiner Stach haya recurrido a los métodos de análisis más diversos que quepa imaginar para desentrañar una vida y una obra a un tiempo: en el estudio de una obra, más todavía si el propósito es analizar qué tiene de “historiográfico” cualquier autor, no hay más remedio que convocar, aleatoriamente, métodos de estudio que pueden resultar,  aparentemente,  heterogéneos o inapropiados.  En el libro no se desdeña ningún dato, ninguna referencia, ningún préstamo metodológico mientras sea capaz de armonizar —tarea en extremo difícil en el caso de Kafka— lo que hemos denominado “horizontalidad de la historia y de la vida” con la infinita verticalidad de una obra que a veces hunde sus raíces en las simas más profundas, otras se eleva hasta las dimensiones lejanas y etéreas de lo sobrenatural. (Y, sin embargo, toda la obra de Kafka acaba siendo tan diáfana como el realismo de sus queridos Dickens o Flaubert.)

El mérito de Stach consiste, pues, en haber construido su libro,  en palabras suyas,  como un panal de múltiples casillas: “La imagen de la vida vivida se descompone primero en cierto número de segmentos temáticos relativamente independientes unos de otros y que, en la mayoría de los casos, han de ser investigados también de forma independiente: origen, formación,  influencias,  logros,  relaciones sociales,  religión,  trasfondo político y cultural. Aunque finalmente tantas interdependencias emborronen la imagen,  si el biógrafo no quiere entregar a sus lectores un magma caótico, no le queda más remedio que mantener la ficción de una tópica claridad y sintetizar sucesivamente los distintos temas: es decir, `cerrar las celdillas´. Sólo entonces, en un segundo paso, intentará pegarlas entre sí, de tal modo que queden minimizados los espacios vacíos: una síntesis de síntesis”.

A primera vista todo parece muy sencillo en la vida de Kafka:  apenas se movió más allá de los límites del Imperio —aunque visitó París—;  cursó estudios de química y de germanística, luego Derecho, en la universidad carolina de Praga;  fue abogado,  con rango de funcionario imperial,  en una compañía de seguros para accidentes de trabajo;  le gustaba nadar y remar en el Moldava;  se le diagnosticó una tuberculosis en 1917,  lo que precipitó su jubilación;  tuvo por lo menos seis amantes y se prometió con dos de ellas —Felice Bauer y Julie Wohryzek—; tuvo una relación sensata con su primera traductora al checo,  la casada Julie Woryzek; vivió sólo unos meses en compañía de su última amante, Dora Diamant,  en el Berlín azotado por la gran inflación de 1923-1924:  no publicó en vida,  en forma de libro, más que siete pequeñas antologías de relatos;  amó a su hermana Ottla posiblemente más que a nadie;  visitó raramente la sinagoga de Praga;  intentó varias veces independizarse,  sin conseguirlo nunca;  fue conocido por pocos,  pero grandes lectores,  como Robert Musil;  una lectura pública de un relato suyo en Alemania ocasionó que varias damas se desmayaran;  nunca se sintió querido por su padre —dueño de una tienda de complementos de moda en Praga,  que se abastecía de abanicos españoles en la calle del Carmen, en Barcelona—; le gustaban los perros; admiró el teatro yiddish;  frecuentó diversos cenáculos intelectuales,  judíos o no,  anarquistas algunos;  pasó largas temporadas en clínicas y sanatorios;  admiraba a un tío por parte de madre que vivía en Madrid,  y a otro,  médico rural;  masticaba la comida setenta veces antes de tragársela, según confesión propia en los diarios; y acabó muriendo propiamente de hambre, a causa de la afectación de la laringe de la tuberculosis pulmonar. Y algo más, claro está.

Observados esos discretos aspectos de la vida del genio Kafka, Reiner Stach no quedó con desánimo,  ni deslumbrado,  ni perplejo.  Ha tomado la historia del Imperio de los Habsburgo,  el judaísmo,  las costumbres sociales de la época,  el estado de la burguesía en la Praga de sus años y anteriores,  ha recordado la Gran Guerra,  no ha olvidado las lecturas del escritor (la Biblia entre ellas),  ni su estilo translúcido y quebradizo como el cristal,  ni el menor avatar de la existencia de su biografiado.  Todo ello,  engarzado con una capacidad analítica y hermenéutica sorprendente, convierte su libro en la más grande aportación a la vida y la obra de ese misterio tan difícil de sondear llamado Franz Kafka.”

Jordi Llovet
editor de las Obras Completas de Kafka publicadas por Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores.

Babelia, El País, 08/11/2016

12 d’oct. 2017

sobre kafka, 2



per Jaime Fernández (fragment)

“Señorita: Ante el caso  muy probable de que no pudiera usted acordarse de mí lo más mínimo, me presento de nuevo: me llamo Franz Kafka, y soy el que la saludó a usted por primera vez una tarde en casa del señor director Brod, en Praga, luego le estuvo pasando por encima de la mesa, una tras otra, fotografías de un viaje al país de Talía, y cuya mano, que en estos momentos está pulsando las teclas, acabó por coger la suya”.

Con estas palabras comenzaba una de las correspondencias amorosas de las que tenemos noticia más desconcertantes y sin la cual no se entiende buena parte del mundo literario de Kafka, desde su primer relato La condena, hasta La transformación (más conocido por La metamorfosis), pasando por sus novelas El proceso y El castillo.

La destinataria de la misiva, fechada en Praga el 20 de septiembre de 1912, era Felice Bauer, que aquella tarde del 13 de agosto a la que Kafka se refiere en la carta se encontraba de paso en Praga y de camino hacia Budapest para visitar a su hermana Elsa.  Kafka era amigo íntimo de Max Brod, también escritor.  Su hermana Sofia estaba casada con un primo de Felice.

Felice Bauer tenía veinticinco años y residía en Berlín, donde trabajaba en la oficina de una empresa de dictáfonos.  Al igual que Kafka, era hija de una familia judía de clase media y vivía también con sus padres.  Cuatro años mayor que ella,  Franz ejercía de asesor jurídico desde agosto de 1908 en la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, donde permaneció hasta su jubilación por enfermedad en 1922.  El horario laboral era mucho más llevadero que el que hubo de soportar en los nueve meses en los que trabajó para la filial praguense de la Assicurazioni Generali.  Salía a las dos de la tarde de la oficina.

En la carta mecanografiada Kafka alude a una propuesta que le formuló en aquella reunión en casa de los Brod para viajar a Palestina en el próximo periodo vacacional. En aquel entonces Palestina era un territorio perteneciente al Imperio Otomano, al que afluían muchos judíos de la diáspora, en su mayoría originarios de Rusia y Polonia, huyendo de los pogromos.

Al parecer Felice se mostró muy receptiva a la idea. Kafka aprovechaba la carta para instarla a que se pusieran de acuerdo “desde ahora mismo” en la organización del largo viaje.  A continuación le advertía que era poco puntual en su correspondencia,  un defecto que paliaba la máquina de escribir. Como contrapartida, él tampoco esperaba puntualidad de sus corresponsales, aun cuando aguardase impaciente la llegada de una carta,  por lo que cuando la recibía se llevaba “un buen susto”.

Al releer la carta, le confesó que quizá se hubiera presentado “como mucho más complicado de lo que soy”, algo que achacaba a que se había puesto a redactarla “en mi sexta hora de oficina” y con una máquina a la que no estaba muy acostumbrado. Terminaba la misiva comentándole que, aun cuando se pudieran poner reparos de orden práctico al viaje a Palestina “en calidad de acompañante, guía, lastre, o lo que de mí pueda buenamente resultar”, nada podía objetársele de antemano como corresponsal, así que podía muy bien intentarlo con él.

Esta primera carta, impregnada de un titubeante tono personal -prueba de ello es que decidiera escribirla a máquina y no a mano-, constituye sin embargo un sucinto muestrario de la personalidad de Kafka: interés por los detalles , timidez, un sentido estricto de la formalidad y la rectitud, reticencia ante la presencia física y,  en contraste con ésta,  confianza absoluta en la palabra escrita;  también una astucia característica,  como se infiere del ruego final a Felice para que aceptara su sugerencia de cartearse.  Cualquiera diría:  hay que ver el rodeo que da, incluyendo el plan, más imaginario que real,  del viaje a Palestina,  para llegar al propósito final de entablar una relación epistolar con la desconocida.

En la siguiente carta le confesó que durante unas diez noches, antes de dormirse, estuvo componiendo aquella primera misiva y que una vez incluso saltó de la cama para anotar una reflexión. Pero se volvió a acostar enseguida reprochándose su nerviosismo. También le pedía que le contara muchas cosas de su vida cotidiana, a modo de diario: qué tomó en el desayuno, qué vistas se contemplaban desde la ventana de su oficina, qué trabajo se realizaba en ella, los nombres de sus amigos.

Desde hacía tiempo Franz deseaba ennoviarse. Últimamente veía con inquietud que la mayoría de sus amigos se casaban o estaban comprometidos. Hijo primogénito y con tres hermanas,  una de ellas casada,  comenzaba a sentir las presiones de sus padres,  preocupados por el destino de un joven retraído al que le interesaba algo tan difuso para ellos como la literatura.  Sobre su soltería planeaba además el precedente desalentador de dos tíos célibes, hermanos de su madre.  Uno de ellos, Rudolf, ya había sido catalogado de “loco de la familia” por el padre de Franz. Por lo visto era un solitario demasiado amable y modesto.

Aunque ni siquiera en los Diarios explicó por qué había elegido a Felice Bauer, es probable que,  aparte de las posibilidades que le ofrecía aquel “rostro huesudo y vacío” que él se encargaría de llenar con su poderosa imaginación de amante a distancia,  lo hiciera pensando que una muchacha perteneciente a una familia judía asimilada y de un estatus social parecido al de la suya agradaría a sus padres, sobre todo al temido Hermann Kafka [su padre].

Otro motivo le incumbía exclusivamente a él: la distancia geográfica neutralizaba, al menos de forma provisional, el principal inconveniente de la proximidad física para un empleado que a duras penas lograba compatibilizar el trabajo en la oficina con la escritura, a la que dedicaba algunas horas de la noche, aprovechando el esperado silencio en la casa familiar.

Un tercer motivo por el que eligió a Felice era que, como él mismo reconocía, y por su experiencia epistolar con los amigos más cercanos, intimaba con soltura y profundidad si se expresaba por escrito. En cuanto se sentaba a la mesa de su habitación para redactar una carta personal,  se transformaba en otro distinto del joven reservado que conocían quienes tenían algún trato con él.  Entonces se mostraba expresivo, espontáneo, detallista y transparente como su prosa.

Kafka sólo se sentía seguro cuando escribía. El encuentro con Felice representó un atractivo pretexto para franquearse por escrito con una mujer. El diario que alimentaba desde 1910 no era suficiente para aliviar esta necesidad;  tampoco sus conversaciones con la hermana menor,  Ottla,  su favorita. A ambos les unía su aversión hacia el autoritarismo paterno (“Cómo Ottla y yo nos desatamos en ira ante las relaciones humanas”, anotó en los Diarios).

Precisamente una semana después de conocer a Felice registró en los Diarios la primera impresión que le causó:

“Cuando llegué a casa de Brod estaba sentada a la mesa y, sin embargo, me pareció una criada.  No mostré, además, mucha curiosidad por saber quién era,  sino que me resigné a ella, sin más.  Rostro huesudo y vacío,  que mostraba abiertamente su vacío.  El cuello descubierto. Una blusa puesta de cualquier manera.  Parecía vestida como para andar por casa, aunque no lo fuese, como se evidenció después. […] Nariz casi quebrada. Pelo rubio, un tanto tieso y sin gracia;  mandíbula recia.  Mientras me sentaba la miré por primera vez con mayor detenimiento, cuando acabé de sentarme ya tenía acerca de ella un juicio irrevocable”.

En aquellas semanas  de septiembre, y seguramente estimulado por el encuentro prometedor con Felice, la actividad literaria de Kafka se hallaba en plena ebullición. Dos días después de enviarle la primera carta, en la noche del 22 al 23 de septiembre, escribe uno de sus relatos capitales, La condena, bajo una presión emocional de la que dio cuenta en los Diarios, considerándolo como una especie de explosión primigenia de su conflictivo mundo interior. La condena lleva la dedicatoria “Para F.”.

En el relato se narra la sublevación de un padre viudo, anciano y autoritario contra un hijo,  Georg Bendemann,  que poco tiempo antes había tomado las riendas del negocio familiar –abandonado por el padre tras enviudar- y que,  además, acaba de comprometerse con una joven. En un arrebato de cólera, su progenitor lo acusa de prescindir de él y de menospreciarlo, por lo que al final lo condena a morir ahogado. Georg sale corriendo de casa hacia el río y se arroja desde el pretil a las aguas tras exclamar en voz baja: “Queridos padres, a pesar de todo, siempre os he amado”.

Al terminar el relato, alrededor de las seis de la mañana, anotó: “Cómo pueden decirse todas las cosas, cómo para todo, para las más extrañas ocurrencias, hay dispuesto un enorme fuego, en el cual se consumen y renacen”.

Desde entonces, y en los seis años siguientes, la relación con Felice estuvo marcada por una lucha feroz entre dos deseos que Kafka consideraba radicalmente opuestos:  el de escribir y el de casarse en el futuro con su prometida, formando una familia con ella.  Los modelos de autores en los que se miraba,  como él mismo le confesó a Felice, eran Flaubert, Kleist, Grillparzer y Dostoyevski.  De los cuatro,  sólo este último se casó y Kleist se pegó un tiro junto al río Wannsee, abrumado por aflicciones externas e internas.  También solía citar el caso de Kierkegaard y la conflictiva relación con su prometida Regina Olsen,  con la que, después de muchas dudas,  al final rompió para proseguir su obra filosófica,  permaneciendo soltero hasta el fin de sus días.  “Yo era demasiado pesado para ella y ella demasiado ligera para mí”, escribió en su Diario íntimo el filósofo danés años después de la ruptura con Regina.

Sin embargo, aquel noviazgo por correspondencia estaba abocado al fracaso desde su misma raíz, algo que seguramente tuvieron que intuir muy pronto los enamorados;  Felice, cuando se convenció de que para Franz la distancia no constituía una circunstancia transitoria sino un terreno en el que jugaba con ventaja;  Kafka,  desde el instante en que Felice le apremió para que abandonara aquel callejón sin salida y se fijaran unas metas alcanzables con vistas al matrimonio. Fue en ese momento cuando la incompatibilidad, hasta entonces latente, se manifestó con toda su dureza.

Felice se reveló a ojos de Kafka como una mujer convencional –quizá no esperase otra cosa-, aspirante al bienestar perseguido por la clase media de la época, a sus normas y a sus pompas: muebles pesados, alfombras y palmeras en el salón. A ojos de ella, la verdadera personalidad de Franz era la de un escritor bohemio, disfrazado de funcionario nada menos que en una compañía de seguros, acaso para disimular aún más su auténtica condición. Con estos antecedentes, la ruptura estaba sellada. Sólo era cuestión de tiempo para que estallara.

Para colmo, en las tres semana en que Kafka permaneció en Riva, a orillas del lago Garda, en otoño de 1913, adonde acudió para someterse a un tratamiento en el sanatorio del doctor Von Hartunge, intimó con Gerti Wasner, una joven de dieciocho años, suiza y cristiana. En esa época  se interrumpió la correspondencia con Felice.

Como no podía ser de otra manera, la crisis resultante del choque frontal entre los novios desembocó en la ruptura del compromiso,  escenificado en la cita del 12 de julio de 1914, en el hotel Askanischer Hof de Berlín, ante los padres de ambos y con testigos seleccionados por cada uno de ellos. A Kafka le pareció que el encuentro tenía todas las trazas de un juicio en el que él comparecía en calidad de acusado. En los interrogatorios, Felice dijo “cosas que ha pensado a fondo,  cosas largo tiempo guardadas,  hostiles”,  anota en la entrada del día 23 de los Diarios. “Tú lo has querido”,  le reprochó la novia.  Aquella dolorosa experiencia fue el germen del argumento de El proceso.”


9 d’oct. 2017

sobre kafka, 1

El otro proceso de Kafka
Elias Canetti
Alianza Editorial, 1995



El otro proceso de Kafka fue escrita por Elías Canetti, escritor y crítico literario nacido en Rustschuck  en 1905. En la obra Canetti analiza la gestación de algunas obras de Franz Kafka mediante un proceso que tiene mucho de empatía con el escritor. Tras dedicar unos veinte años a escribir sobre el poder, Canetti había desarrollado una sensibilidad particular, no sólo para detectarlo bajo sus múltiples rostros, sino también para reconocer la sensibilidad hacia el poder en el checo Franz Kafka,  autor de obras como El Proceso,  El Castillo,  En la colonia penitenciaria o La metamorfosis,  entre otras.  Canetti sostiene que la lectura de las cartas que Kafka le escribe a su novia Felice Bauer,  entre los años 1912 y 1917,  así como el proceso legal y público, el  12 de julio de 1914,  en el Hotel Askanischer Hof de Berlín, y que tuvo como resultado la disolución del compromiso que había asumido Kafka con Felice,  fueron semillero y fuente de inspiración probables de las obras mencionadas y de otras más.

7 d’oct. 2017

ante la ley



Franz Kafka


"Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti.  Ahora voy a cerrarla."

nobel literatura 2017



L’escriptor anglès, d’origen japonès,  Kazuo Ishiguro és el falmant premi Nobel de Literatura d’aquest any.


Conegut per novel·les com El que resta del dia,  1989;  Els inconsolables, 1997;  Quan érem orfes, 2000 ó No em deixis mai, 2005.



ruta Clementina Arderiu

Ja no sóc, ja no tinc,
Ja no vull ni voldria.
Què no sóc? Què no tinc?
Què no vull ni voldria?


El passat dissabte , 30 de setembre, els de Vespres Literaris  vam fer un passeig pel nucli antic de Sarrià de la mà de la veu poètica de Clementina Arderiu.

Montserrat Roig,  en una entrevista pel número 148 de Serra d’Or,  de gener de 1972,  la definia així:  “ Aquesta dona és la Clementina Arderiu i també la senyora Riba o més aviat totes dues coses alhora, dos noms que la defineixen en una sola personalitat. Es tracta d’una dona que, segons diria en Joaquim Molas, pertany a aquell tipus femení –una mica l’ideal del poeta – que sap viure intensament la seva aventura,  l’aventura de dona,  o sigui l’aventura de l’home amb el qual comparteix la seva vida.  Potser perquè forma part d’un grup social i d’una època determinada. O potser perquè el temps i l’espai que li pertocaren l’havien abocada a mantenir-se íntegrament dins del seu marc”

De si mateixa deia: “la meva vida de dona és com les altres, com tantes altres”

De la seva poesia diu Sam Abrams, poeta, assagista, traductor i crític literari estatunidenc, establert a Catalunya:  “Arderiu, en la seva poesia, persegueix, com opció personal,  tancar l'abisme que separava tradició i modernitat. La tradició representava el temps acumulat d'un poble, una llengua, una cultura, una literatura i una historia, mentre la modernitat encarnava el temps actual,  la immediatesa, el transitori,  l'efímer.  Arderiu volia totes dues coses.  Les postures de l’avantguarda li resultaven massa radicals, severes i reduccionistes. Arderiu demanava mes del seu art. Volia ser moderna però sense renunciar a la tradició. És més, creia que el gran repte artístic de la seva època consistia a ser moderna sense pèrdues.

I Maria-Mercè Marçal : "En la poesia de Clementina Arderiu trobem en primer lloc una força personal envejable, un esforç conscient i intel·ligent de construcció de la pròpia vida."












27 de set. 2017

presentación bibliotecas quemadas



El miércoles 4 de octubre de 2017, Francisco Rincón presenta en nuestra ciudad su último libro, Bibliotecas quemadas.  

                 Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona, Francisco Rincón ha sido el iniciador y creador de los Primeros Talleres literarios, fundador del Proyecto Ele, (extensión de la lectura y escritura), así como asesor y colaborador de diversas editoriales.

                 Tiene publicados más de cincuenta  libros y numerosos artículos en el mundo del ensayo y de la crítica literaria. En el didáctico, son muy conocidos sus proyectos: el Taller de novela, Alfar de poesía,  Para qué sirve la literatura,  Serie Mágina...

     Sus últimas publicaciones son La lectura poliédrica (2015, un ensayo sobre la lectura) y Jaque al rey, (una novela histórica sobre el poema de Mío Cid), que presentó en abril de 2013 en la sede  de Vespres Literaris.

Del libro, su autor nos dice: “¿Quién quema los libros y por qué? Este libro narra la historia de doce bibliotecas desaparecidas de la historia de los pueblos. Los fuegos son reales.

Los protagonistas que los inspiran son personajes de carne y hueso y nombre conocido. Las ciudades que padecieron esa terrible amputación cultural existieron y aún existen en su mayoría. Estos relatos buscan los caminos de las causas a través del desorden de los tiempos.

La destrucción de la primera gran biblioteca conocida es la de Nínive. Miles de tablillas de barro quemadas y pisoteadas. La guerra del golfo ha sido la última gran hecatombe de los libros. Bijecnica se cubrió durante horas de humo y ceniza procedente de su gran biblioteca.

Los celos de una princesa incendiaron una de las mejores bibliotecas de Egipto porque sus libros le robaron la atención de su amado…

Los motivos por los que el hombre los ha destruido, prácticamente desde su creación-sean tablillas, pieles, papiros, papel… -son similares a los que causan la eliminación de la vida. Odio, ambición, poder, religión…siempre tocados por un punto de fanatismo y una chispa de lucidez: comprendieron que en los libros se deposita parte del alma de los pueblos.”


Presentación:  en la Sala Enric Granados, de la Biblioteca de Cerdanyola del Vallès (Plaça d’Enric Granados, 1) a las 19 horas.

26 de set. 2017

el rumor del oleaje


El rumor del oleaje” es el título del primer álbum en solitario del músico David Cordero, ex-líder de Úrsula y miembro de Viento Smith. El disco se lanzó el 15 de enero de 2016 bajo el sello japonés Home Normal.


Nos dice Cordero, “estas grabaciones tienen fechas, horas y mareas concretas. Cada canción es una playa, una historia, una ola diferente”. El disco es un viaje por distintas playas, de Bizkaia a Cádiz; y sus paisajes sonoros son el hilo conductor de un disco que se puede definir como “paisajismo sonoro” 


25 de set. 2017

confesiones de una máscara

Confesiones de una máscara viene a ser una autobiografía apasionada y catártica, en la que se descubren las esencias ocultas del joven autor: el sadismo, la homosexualidad... Asimismo, delata una fuerte influencia de una obra de Osamu Dazai editada un año atrás, Ya no humano, la novela-confesión de un hombre frustrado que orienta sus pasos hacia el nihilismo en el Japón de la posguerra.

Dazai (1909-1948) y Mishima parecen hijos de un mismo y terrible avatar. Ambos se mostraban descontentos con la democracia impuesta por los americanos tras la derrota, con un Emperador que había dejado de ser el descendiente de la diosa Amaterasu para transformarse en un simple mortal. En esto, curiosamente, chocaban con la mayoría del pueblo japonés, encantado con el nuevo régimen de libertad y creciente bienestar del que ahora disfrutaban.

De igual modo, ambos trataron en su obra el declinar del viejo orden: Dazai desde su izquierdismo militante, Mishima desde su heterodoxia, ya teñida de imperialismo.

Ambos eligieron, en suma, la misma estética de la autodestrucción, si bien Dazai prefirió el alcohol y las drogas a la férrea disciplina practicada por su admirador.

En todo caso, el suicidio de Osamu Dazai, luego de cuatro intentos frustrados, influyó decisivamente en el ánimo de Mishima, el único con los arrestos suficientes para criticar el estilo del reverenciado autor de obras como Tsugaru o Los cien paisajes del monte Fuji cuando éste se encontraba completamente alcoholizado. Cuentan los testigos que el joven Mishima miró gravemente a los ojos del maestro para decirle: “Señor Dazai, a mí no me gusta su literatura”. Quizá en ese instante Mishima no fue del todo sincero, pero su reacción es comprensible, sobre todo si se tiene en cuenta que el lamentable estado del maestro Ozamu le repelió sobremanera. Tanto es así que a partir de entonces se mostró cada vez más resuelto en la idea de alcanzar la sublimidad estética a través del sacrificio honorable.

Mishima concluye en 1950 Sed de amor. El elogio de la crítica es generalizado. Un año más tarde, publica Colores prohibidos e inicia el que será su primer viaje a Occidente gracias al apoyo del diario Asahi Shimbun. A su regreso, Mishima es un hombre nuevo, inquieto por alcanzar el éxito literario, pero también por cultivar su físico y mostrarlo como una obra de arte más. De ahí en adelante, frecuenta los gimnasios y practica el culturismo con auténtica devoción.

Escribe El pabellón de oro cuando ya sus obras conocen varias traducciones. Por la misma época, sus lazos con el teatro se estrechan, y no ceja en su empeño de revitalizar el clásico Nō.

Fruto de su matrimonio con Yoko Sugiyama, nace su primera hija, Noriko. Mishima inicia por esta época un disciplinado entrenamiento en el arte del kendo, la esgrima japonesa.

En la sociedad japonesa, se inicia un periodo de conflictos y revueltas que produce en Mishima reacciones de particular agudeza: a obras como Después del banquete siguen otras como Patriotismo, la estremecedora narración de los últimos momentos del teniente Shinji Takeyama, muerto según el ritual del seppuku en presencia de su esposa Reiko.

Por donde quiera que vaya, la polémica acompaña al escritor, tanto por su heterodoxia política, siempre incomprendida, como por su exhibicionismo provocador. Escribe sus artículos en la revista Hihyō a lo largo del año 1965. Es precisamente uno de los colaboradores habituales de la publicación, el extraño Rintarō Nichinuma, quien señala a Mishima un camino ya intuido por él: “Muérase –le dice–. Su literatura debe alcanzar la perfección absoluta mediante el suicidio”.

Mishima conoce su candidatura al premio Nobel cuando prepara el primer volumen de la tetralogía El mar de la fertilidad. Son momentos de renovada inquietud política para el escritor; sus amigos Seiji Tsutsumi y Kôshiro Izawa llegan a escucharle que planea presentarse a las elecciones.

Hastiado de los círculos literarios en Japón, decide viajar a la India en compañía de su mujer. En una tierra de maestros del misticismo y de terribles injusticias sociales, Mishima prefiere la compañía de los militares hindúes de alta graduación, interesado por conocer los secretos de la organización castrense.

A Mishima le aguardan en Tokio los jóvenes y desquiciados guerreros que integran su ejército particular, la Sociedad del Escudo. Ni que decir tiene que los escritores más sensatos observan a esta organización radical con desdén e incomodidad. Comienza el año 1968, y Mishima se enfrasca en la lectura de textos clásicos del Confucianismo como Nihon Yōmeigaku No Tetugaku, del filósofo Tetsujiro Inoue. Apenas un año más tarde dirá a Izawa: “Ya no quiero el premio Nobel y tampoco necesito puesto honorario alguno. No es época de desear cosas así”.

Defiende en un simposio organizado por la Nihon Bunka Kaigi la ponencia titulada Ciudadano y sociedad: Ilusión de una nación sin poder. La tesis alrededor de la que articula su discurso propone una sociedad en la que la iniciativa individual esté garantizada. Según Mishima, cuando los poderes materiales alcanzan la psicología profunda de los individuos, todo el sistema se escora hacia el desastre. Como ejemplo de fracaso en este sentido el escritor propone los Estados Unidos, aunque bien sabe que su propio país camina en una dirección similar.

El 6 de marzo de 1970, envía una carta demencial a Fusao Hayashi en la que dice: “Con esta paz me parece que Japón comienza a dormirse. Si el país, tal como imagino, descuida lo esencial y se torna un Japón enmascarado, la fisonomía del verdadero Japón se olvidará. Esto es algo que me duele en lo más hondo”. ¿Acaso Mishima cree que una actitud belicosa es la única forma de expresar la esencia japonesa? Algo de ello hay en su pensamiento, sin duda, aunque sus conciudadanos no estén por la labor.

Desde hace unos meses, ha unido su destino al de su obra magna, El mar de la fertilidad. La última entrega llegará a la editorial el mismo día de su muerte. Impulsado por vientos de otra era, Mishima ultima junto a algunos miembros de la Sociedad del Escudo los preparativos del que será su drama final. En la mañana del 25 de noviembre, el maestro y tres de sus discípulos –entre ellos Masakatsu Morita, el amante de Mishima– entran en el despacho del general de las Fuerzas de Defensa, Mashita. Inmovilizan al militar y exigen que Mishima sea escuchado. Desde el parapeto del cuartel, observado por una multitud de curiosos asombrados, el escritor comienza un delirante discurso que será silenciado por los constantes insultos de los soldados de la guarnición.

Oídos por los japoneses del momento –tan moderados como conservadores– las palabras de Mishima suenan a proclama destemplada: habla de heroísmo exaltado, de lealtad al Emperador y de orgullo nacional. Finalmente, las burlas del público hacen mella en su ánimo. Es entonces cuando el escritor decide poner fin a la estremecedora representación mostrando la sinceridad de su espada. Hunde el filo en su vientre, pero la muerte tarda demasiado en llegar. En el éxtasis del dolor, su cabeza se desprende gracias al oportuno tajo que le propina uno de sus asistentes.

Mishima ha sido tachado, antes y después de su muerte, de fanático ultraderechista. Desde el punto de vista político, su postura inquieta mucho a los liberales japoneses, y también disgusta profundamente a la derecha moderada.

En todo caso, la auténtica fuente de inspiración ideológica de Mishima no es el fascismo italiano, como tampoco lo es el nacionalsocialismo –pese a sus simpatías por alguna sociedad germanófila durante su juventud– o el neoimperialismo asumido por algunos japoneses desde la posguerra. Muy al contrario, las ideas que iluminan el pensamiento de Mishima proceden de un tiempo anterior a la llegada de los occidentales, cuando la clase guerrera nipona aún seguía el dictado de Confucio: “Conocer aquello que es justo y no hacerlo demuestra la falta de valor”.

Hijos de una educación espartana, aquellos samurais seguían los preceptos del Bushido, el código caballeresco vigente en las islas hasta el periodo de apertura a Occidente. En el combate, los caballeros no sólo medían su valentía con el acero; también tenían oportunidad de mostrar su talla espiritual y aun intelectual. Así ocurrió, por ejemplo, en la batalla del río Koromo, a fines de siglo XI. Sadato, jefe del Ejército del Este, huía acosado por Yoshile, general enemigo, cuando éste le advirtió del deshonor en que estaba cayendo. Recitó Yoshile un verso y Sadato, volviendo grupas su caballo, le respondió con otro aún más hermoso. Después de esto, Yoshile, emocionado por el temple de su contrincante, dejó partir a Sadato. Hermoso, ¿no es cierto? Por supuesto, este tipo de planteamientos se mueven en el campo del imaginario colectivo. Dicho de otro modo: es como si un escritor occidental creyera en las bondades del código caballeresco que reflejan las novelas del Ciclo Artúrico.

Pese a las desigualdades sociales y a la pobreza generalizada, este espíritu se mantuvo vivo en la fantasía de Japón hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial gracias al Hagakure, una obra debida a quien fuera asistente de Nabeshima Mitsushigue hasta 1700, el maestro Jōchō Yamamoto (1659-1719). Era el jefe de los Nabeshima nieto del gran samurai Naoshigue, héroe de la batalla de Sekigahara y fundador del clan. Muerto Mitsushigue, quiso Yamamoto seguir su señor en el último viaje, pero le fue negado el privilegio del seppuku, y por ello resolvió hacerse monje. Y fue precisamente en su retiro de Kurotshi Baru donde un pupilo, Tashiro Tsuramoto, recogió sus palabras a lo largo de siete años hasta completar el Hagakure, el breviario de ética samurai que siglos después guiaría la vida de Yukio Mishima.

De toda su obra, tres son los textos que nacen con una mayor influencia de las enseñanzas del Hagakure. A saber: Colores Prohibidos (1951), Las vacaciones del novelista (1955) y Sobre el Hagakure (1967). Pero si en el grueso de su obra esta contribución se revela sólo tangencialmente, en la vida de Mishima la inspiración del Hagakure es una constante casi obsesiva… como bien puede desprenderse sus palabras: “El shogun Teika Fujiwara dice que el verdadero camino de la poesía supone cuidarse a uno mismo. Con otras palabras: el auténtico sentido del arte es la vida misma”.

El escritor confesó por vez primera en público su devoción por el texto de Yamamoto en Las vacaciones del novelista, un artículo vehemente, deudor de aquellos apasionantes comentarios sobre el Bushido que en 1900 escribió Inazo Nitobe. “Comencé a leer el Hagakure –dice Nitobe– durante la guerra, y todavía hoy lo leo de cuando en cuando. Es un libro extraño de una moralidad sin par; su ironía no es la deliberada ironía de un cínico sino una ironía que surge naturalmente de la diferencia entre el conocimiento de la propia conducta y la decisión a tomar”.
En Sobre el Hagakure Mishima defiende la idea de sobresalir en la pluma y la espada. El escritor sospecha que en toda obra literaria “se oculta siempre un punto de cobardía”, por lo que resuelve experimentar en la realidad todo lo que hasta entonces sólo se ha atrevido a plasmar en sus obras. “El mundo espontáneo y hermoso del Hagakure –dirá– siempre remueve la ciénaga literaria”. Hasta el último día de su vida, Mishima tendrá siempre presente la regla sagrada, feroz y ciega del código de Yamamoto: “Cuando hay que decidir entre una opción de vida y una opción de muerte, debemos escoger siempre la muerte”.
por Guzmán Urrero

1/5/2008